Me encantaría poder dar datos detallados de lo que se
vivió el sábado a la mañana en Lima: contar la reacción
de la gente, transmitir la desesperación o tranquilidad
que se vio en las calles, dar cuenta del pánico o la calma
de cada familia. Pero no puedo. Estaba dormida.
Me desperté de golpe, sin saber qué hora era ni qué pasaba.
Sentí que algo o alguien sacudía mi cama. Al instante me
di cuenta, pero me pareció una situación medio irreal:
primero porque nunca experimenté un sismo y segundo porque
estaba tan dormida que no sabía si todavía estaba soñando.
Por suerte logré mantener la calma y a los pocos segundos
el temblor había parado. Miré a mi alrededor: no se había
caído nada de las paredes ni del techo, no hubo roturas
ni derrumbes, todo parecía estar intacto… Igualmente cuando
puse los pies sobre la tierra firme, lo que temblaba eran
mis piernas. Al rato me quedé dormida y varias veces sentí
–o soñé- que el piso estaba por moverse otra vez.
Más tarde, cuando estaba un poco más despabilada, me senté
a buscar información en Internet sobre lo que había pasado.
Lo que se vivió en Lima a las 7.51 de la mañana fue un
sismo de 5,3 grados, y, según leí en un medio peruano,
el temblor número 33 en lo que va del año. Al parecer hubo
pánico en las calles, muchos temieron que se repitiera
la tragedia del año pasado. Por suerte esta vez no hubo
víctimas, aunque se registraron algunos derrumbes en ciertas
zonas de la ciudad.
Perú esta situado sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico,
una de las zonas sísmicas más activas del mundo, por lo
que sus habitantes están, lamentablemente, acostumbrados
a los movimientos de la tierra. En Lima, por ejemplo, casi
no hay edificios, las construcciones son bajas y dentro
de muchos lugares, especialmente iglesias y museos, hay
carteles que indican las distintas zonas seguras para refugiarse
en caso de sismos. Huacachina, el oasis en el desierto
de Ica, fue una zona muy afectada por el terremoto de agosto
de 2007. Gente que vive ahí me contó la desesperación que
sintieron cuando el pequeño oasis se empezó a sacudir como
si estuviese dentro de una coctelera.
Toda la gente con la que hablé tiene su vivencia personal
y su historia, los peruanos han tenido que aceptar los
sismos como algo normal de la tierra en la que viven.
Dos datos que me llamaron la atención en su momento y
que ahora cobran otro sentido: en Cachiche, un pueblo cercano
a Huacachina, los sismos se sienten con mayor intensidad
porque es una zona donde se concentra más la energía y
la gravedad es más fuerte. Y el segundo: en Cusco hay ciertas
construcciones incas que están hechas de tal manera que
ningún terremoto ha logrado destruirlas.
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