[PERÚ] Recorrido por el norte del país


Muchos creen que Perú empieza y termina en Machu Picchu, pero siguiendo hacia el norte de Lima por la Panamericana se abre un nuevo laberinto de ciudades y culturas para explorar.

La última semana fue bastante movida: en pocos días recorrí más de 1200 km, conocí tres ciudades, varios pueblos y cambié de país.
 
Después de mi estadía en Lima junté coraje y seguí sola hacia el norte de Perú. Mi primera parada fue Trujillo, tercera ciudad más importante de Perú, a 550 km de la Capital. Decidí quedarme en Huanchaco, uno de los tantos balnearios de Trujillo y, según me dijeron, el más lindo. Huanchaco es un pueblo de pescadores situado a lo largo de la costa del Pacífico, a 12 km de Trujillo; sus principales ofertas son los mariscos y las olas para practicar surf. No hay mucho más para hacer, salvo disfrutar del mar o animarse a navegar en un caballito de totora. Estas embarcaciones hechas de juncos son una tradición heredada de las antiguas culturas Chimúes y Mochicas, antepasados de los pobladores del lugar. Como era temporada baja, no había demasiada gente ni muchos turistas como en verano, pero tampoco estaba desierto. Un artesano me contó que eligió pasar unas semanas ahí porque le hacía bien la tranquilidad del lugar y además era una buena manera de trabajar relajado antes de ir a Cusco para la temporada alta europea. Conocí también a una chica belga que vive y trabaja en Lima y eligió, como muchos limeños, tomarse unas mini vacaciones en Huanchaco. El alojamiento no es más caro que en el resto de Perú: entre 10 y 15 soles la noche (algo así como 3 o 6 dólares), y la enorme oferta de mariscos variaba entre menúes de 2,50 soles a 25 soles.
 
En la ruta entre Huanchaco y Trujillo está situada Chan Chán, la ciudad de adobe más grande de Latinoamérica, construida por los chimúes, civilización pre-incaica que habitó en el norte de Perú entre 850 y 1470 d.C. Esta ciudad fue capital de un antiguo reino y estaba dividida en tres sectores bien delimitados: el religioso-administrativo, el residencial y el funerario (donde aún se conserva una momia). Lamentablemente, debido a los saqueos y al paso del tiempo, sólo quedan 14 km2 de los 20 km2 originales de esta construcción conformada por 9 ciudadelas. La guía que nos llevó por las ruinas nos explicó la cosmovisión de esta cultura y nos habló de su estrecha relación con el mar y con su deidad principal, la luna. Mientras estábamos parados bajo el sol la guía me preguntó si en Buenos Aires también hacía tanto calor en esta época del año y me contó que Trujillo es conocida como Ciudad de la Eterna Primavera porque su temperatura siempre ronda los 20 grados.
 
Por recomendación de la belga que conocí en Huanchaco me fui a Chiclayo (200 km al norte de Trujillo) y de ahí a Lambayeque, un pueblo a pocos kilómetros, a conocer el Museo de las Tumbas Reales del Señor de Sipán. Este museo es, en mi opinión, el mejor de los que recorrí en Perú hasta ahora. Su diseño está inspirado en la arquitectura de las antiguas pirámides truncas de los mochicas y en sus tres pisos hay más de dos mil piezas de oro y 13 tumbas, entre ellas la del Señor de Sipán. Esta tumba fue descubierta en 1987 intacta: el gobernante mochica aún estaba enterrado con todas sus joyas, cerámicas y objetos personales. En el museo hay una réplica exacta de esta tumba, tal como fue encontrada, pero lamentablemente no se puede tomar fotografías. Después de visitar otro museo arqueológico, caminando por las callecitas de Lambayeque descubrí la Casa Montjoy, el lugar donde se hizo el primer pronunciamiento de independencia del país. En su momento la llamaron la Casa de la Logia para que las autoridades creyeran que allí se reunían los Masones y no detuvieran al grupo de gente que buscaba proclamar la libertad. Actualmente está vacía y abandonada.
 
Cuando volví de Lambayeque a Chiclayo (hay 20 minutos en combi de un lugar a otro) me interné un rato en el Mercado Modelo: un enorme mercado montado en medio de la ciudad donde los chamanes y curanderos hacen sus compras. En los cientos de puestitos se puede conseguir desde plantas medicinales, muñecos vudú, piedras energéticas, talismanes, semillas, elementos para ahuyentar a los malos espíritus hasta todo tipo de pociones para atraer amor, dinero, trabajo, salud. Le pregunté al dueño de uno de los puestos para qué servía cada cosa que vendía y él con mucha paciencia me fue explicando. La mayoría de los productos se utilizan en rituales chamánicos en las lagunas de Huancabamba, un pueblito conocido como la Cuna del Curanderismo. Como su papá es chamán, el vendedor sabía de memoria cómo se desarrollaba cada ritual. Uno de los más realizados consiste en lo siguiente: el “paciente” recibe ropa totalmente nueva y la lleva, junto con lo que tiene puesto, a una de las lagunas; allí se desviste, deja su ropa vieja, se sumerge por unos segundos en la laguna helada, sale y se viste con la ropa nueva. De esta manera ha eliminado toda la energía negativa y puede comenzar una nueva vida, limpio de malas influencias. Entre los productos que ofrecía había muñecos vudú: los de tela negra para alejar a determinadas personas y los de ropa blanca o de color para atraer. En los puestos cercanos había muchos carteles ofreciendo la lectura de manos o de cartas, este vendedor me alertó contra los "charlatanes" y me dijo que un verdadero "brujo" no se acercaba a sus clientes ni ponía un puesto en la plaza, sino que esperaba que sus potenciales clientes se acercaran a él. Me contó que en el Mercado había varios muy buenos y otros que no sabían mucho de lo que hablaban. Como en todos lados.
 
Ese mismo día viajé dos horas y media a Piura para ir de ahí hacia mi último destino en Perú: un pueblito costero llamado Órganos, 13 kilómetros al sur de la popular Máncora y cada vez más cerca de la frontera con Ecuador. Fui a conocer Órganos por recomendación del artesano de Huacachina, que nació y vivió la mayor parte de su vida ahí. Apenas se entra a este pueblito hay un cartel que da la bienvenida diciendo El Paraíso existe... Disfrútelo. Y así es, la playa de Órganos es ideal: el agua no es tan fría, la temperatura del sol no es demasiado fuerte y el mar es bien bien azul. Este pueblo no está tan explotado turísticamente, aunque durante el verano las casas y bungalows de Punta Velero, la playa más popular de este pueblo, se llenan de turistas. Ahí pasé mi última noche en Perú.
 
La mañana del sábado me desperté y decidí que era hora de cambiar de país (además ya se me estaba por vencer el permiso de permanencia en Perú). Me tomé una combi hacia Tumbes y en tres horas ya estaba en Aguas Verdes, la última ciudad del norte del país. Crucé la frontera 59 días después de haber llegado a Perú, con 2 kilos más de regalos en la mochila, miles de historias y anécdotas y ansiosa de conocer el próximo país: Ecuador.

Texto e imágenes: Aniko Villalba © 2008