Hace ya más de un mes y medio que estoy viviendo en Perú
y de a poco voy conociendo y entendiendo a este país tan
fascinante como diverso. Todos los peruanos me dicen lo
mismo: Perú es un mundo multiétnico, una mezcla cultural,
un país que en algún momento perdió su identidad y luego
comenzó a recuperarla de a poco, de manera fragmentada.
Los del sur son distintos a los del norte, los de la sierra
no tienen nada que ver con los de la costa, los de la selva
son un grupo aparte. Sin embargo a todos los une un pasado
y un presente en común y una tierra compartida.
En estos 45 días fui conociendo a muchísimas personas,
de distintos rincones del país, y escuché lo que cada uno
tenía para contar. Así fui recopilando aunque sea fragmentos
de sus vidas, y me contenté con lo que cada persona quiso
confiarme. Todavía me falta recorrer el norte de este país
y la selva como para ofrecer un panorama mayor, pero mientras
tanto iré compartiendo mis vivencias.
En Cusco, visitando las terrazas incaicas de cultivo de
Maras Moray conocimos a una nena, pastora, que vivía literalmente
en medio de la montaña. Se nos acercó, desesperada por
tener algún tipo de contacto, y nos pidió que le sacáramos
fotos con sus ovejas. Cuando le mostramos su imagen en
la pantalla sonrío, tal vez lo que buscaba era dejar su
huella en alguna parte del mundo.
En la Plaza de Armas de Lima conocí a un profesor de escuela
primaria. Me sorprendió con su gran conocimiento sobre
la cultura argentina: me habló de jugadores de fútbol,
de programas de televisión, de escritores, de cine, de
música, de política y me hizo sentir algo de nostalgia
por mi país. También me recomendó libros, películas y música
de Perú. Me dio una clase acerca de la época de la guerrilla
en Perú, del terror que sentía la gente al saber que en
cualquier momento podía explotar una bomba en la puerta
de su casa y me contó cómo mucha gente se unió a la guerrilla
en busca de un futuro mejor. En voz baja me confesó la
gran discriminación que existe en Perú, el rechazo entre
cierta gente de la sierra y de la costa y me expresó el
rencor que siente hacia los blancos que manejan el país.
Riéndose me relató el vergonzoso 5 a 1 de la selección
peruana frente a Ecuador.
Durante mi estadía en Lima también conocí a un cusqueño,
estudiante de Comunicación Social y recibido anteriormente
de abogado. Fanático de Soda Stereo, también escribe y
está luchando por publicar su primer libro de cuentos.
Sueña con ir a Argentina para comprarse las obras completas
de Borges, internarse en las librerías y ver un show de
tango. Me enseñó palabras y expresiones del lunfardo peruano,
como chibolo (chico), chambear (trabajar), jato (casa)
o estar misio (sin dinero). Me contó anécdotas acerca de
la vida de Mario Vargas Llosa y me explicó lo que son los
periódicos chicha (al igual que la famosa bebida, se trata
de diarios baratos que se inclinan hacia el amarillismo).
Descubrí escuchándolo hablar que los cusqueños pronuncian
claramente las eses mientras que los limeños la dicen de
manera similar a la jota (cujco).
Conocí a miles de vendedores ambulantes que intentaron
convencerme de distintas maneras de que comprara lo que
me ofrecían. Algunos lo lograron con su simpatía, otros
me hicieron enojar con su insistencia, uno me hizo reír
cuando me juró que los cigarrillos del Inca eran “buenos
para la salud”. De todos me queda de recuerdo su simpático
“anímese, señorita, a 5 solcitos se lo dejo”.
En estos 45 días escuché y recopilé muchísimas historias.
La del hombre que pasó de tener un puesto ambulante de
cebiche frente a un estadio de fútbol a tener uno de los
mejores restaurantes de mariscos de Lima. La de un limeño
que me contó llorando cómo se enamoró de una argentina
a la que no volvió a ver. La de una familia que sufrió
separaciones, rupturas, abandonos, mudanzas a otros países
y reencuentros varios años después. La de un padre de familia
que se hizo amigo de un grupo de saqueadores de tumbas
y atesora en su casa piezas arqueológicas de culturas ancestrales.
La de un hombre que en su adolescencia vivió durante un
año en la casa de un ex presidente peruano. La de dos estudiantes
que durante una revuelta en su universidad aprovecharon
el caos para llevarse decenas de libros escondidos en sus
mochilas. La de un chico que presintió, con fecha exacta,
el terremoto de agosto del año pasado y alertó a su familia
pero nadie le creyó.
También me confesaron, en voz baja, muertes. Dos chicos
que atropellaron por accidente a un vagabundo que estaba
ebrio en medio de la calle y tuvieron que irse de su pueblo
natal para que no los mataran. Un ex convicto que estuvo
preso durante dos años por homicidio y que hoy se ha convertido
en Testigo de Jehová. Una turista italiana que murió en
el desierto porque el conductor estaba alcoholizado y no
pudo controlar el buggy.
Cada lugar al que fui tiene su propia historia y siempre
había alguien dispuesto a contarla: un guía, un chico en
busca de propina, un taxista, un extraño. Así, recorriendo
y escuchando, aprendí acerca de San Martín de Porres, el
primer santo negro de América, un hombre al que se le atribuyó
el don de bilocación (poder estar en dos lugares al mismo
tiempo) y la capacidad de levitar. También escuché la historia
de Julia Hernández Pecho Viuda de Díaz, conocida como la
brujita buena de Cachiche, quien, según cuentan, tuvo 17
hijos, ayudó a un ex presidente peruano, murió a los 106
años y hoy sigue protegiendo a su pueblo. Entré al Museo
de la Santa Inquisición, en el centro antiguo de Lima,
y me indigné al ver las réplicas de los métodos de tortura
utilizados contra quienes eran considerados herejes. Caminé
por las catacumbas que están bajo el Museo del Convento
de San Francisco de Asís de Lima y observé los restos de
los huesos de las 10.000 personas que alguna vez fueron
enterradas ahí.
En estos 45 días conocí a personas con todo tipo de sueños.
Una chica que desea que le otorguen la Visa para poder
ir a Estados Unidos a conocer a la familia de su novio;
un grupo de chicos que busca tener su propio bar en el
oasis; un chico de la calle que quiere ser contratado por
un local de comida rápida para poder tener algo de plata
para comer; una familia que ruega que los terremotos no
destruyan su vivienda.
Las historias son más de las que puedo recordar. Tal vez
algunas fueron exageradas con el paso del tiempo, otras
quizá fueron modificadas por quienes las vivieron, pero
todas son auténticas. Yo simplemente escucho y confío en
lo que la gente tiene ganas de transmitirme.
|