Lima: la mezcla perfecta entre urbanidad, cultura y diversidad de gente


Hace una semana que llegué a Lima y todavía no tengo intenciones de irme. Las razones son varias. Necesitaba una dosis de ciudad, aunque recién me di cuenta de esa necesidad cuando llegué y me enteré de la cantidad de cosas que hay para hacer en este lugar: shows de jazz, muestras de arte, festivales de música, ciclos de cine, bares, boliches, shoppings. Aunque no se parezca tanto en su arquitectura, Lima me hace acordar mucho a Buenos Aires: es una ciudad muy cosmopolita, con muchísimas opciones para el día y la noche, hay bastantes espacios verdes, gente por todos lados y el tráfico es un desastre. El plus: la playa. Aunque la costa de Miraflores (el barrio en el que me estoy quedando, con el Pacífico a cinco cuadras) no es para bañarse, hay balnearios a dos horas, muy populares entre los limeños los fines de semana. Los hostels están preparados para recibir mochileros: tienen bar, música, internet gratis, mesa de pool, películas. Cuando vi la pila de dvds que había en el hotel me di cuenta de cuánto extrañaba sentarme a ver una película, así que lo hice sin ningún tipo de culpa.

Todavía no recorrí todos los lugares turísticos de Lima, tampoco saqué demasiadas fotos. Caí en la cuenta de que lo que más me atrae de esta capital es su gente. El miércoles pasado Vicky, mi amiga y compañera de viaje, se volvió a Buenos Aires. Durante la última semana habíamos estado viajando con Flor, Pau y Vero, tres argentinas que conocimos en Cusco y con las que enseguida nos llevamos bárbaro. De casualidad, ellas se volvían a Argentina el mismo día que Vicky, así que de un momento para otro quedé totalmente sola. Y me di cuenta de que es imposible estar sola en un viaje como este. Hay muchísima gente, de todas partes del mundo, haciendo viajes como el mío. Algunos también viajan solos, otros en pareja, otros en grupo, pero en general la mayoría es muy abierta y está dispuesta a conocer gente nueva. La manera de relacionarse en un viaje es totalmente distinta: en pocas horas uno se siente muy cerca de estas personas que decidieron, al igual que uno, salir a conocer el mundo. Todo pasa más rápido, los tiempos son distintos, se viven cosas que tal vez nunca pasarían en la rutina diaria de nuestros respectivos países. Y así como las amistades nacen de golpe, también terminan, obligatoriamente, cuando las rutas se separan. Por supuesto siempre queda el recuerdo de las experiencias vividas, las anécdotas, y el contacto para reencontrarse en futuros viajes.

Conocer gente nueva y distinta es, para mí, lo más enriquecedor, lo que le da su encanto al viaje. Nunca había tenido contacto con un iraní, nunca había ido a cenar con un grupo de australianos, nunca había tomado una cerveza con un alemán, nunca había conocido a un barman nacido en el Amazonas. Esto, que en Buenos Aires sólo podría haberme pasado de casualidad a lo largo de varios meses, acá me pasó en pocas horas. Me sorprendió ver cómo las diferencias culturales se borran y todos nos convertimos en lo mismo: personas con curiosidad por conocer lo que hay más allá de sus fronteras.

La mayor parte del tiempo uso el inglés para comunicarme con otros mochileros (en esta época hay mucho turismo europeo), y cuando digo que soy argentina todos automáticamente contestan eufóricos: “¡Argentina! ¡Maradona! ¡River, Boca!”. Los sudamericanos se burlan, de manera simpática, de nuestra forma de hablar: “che, vos, la cashe”. Cuando me quieren llamar me dicen che, ¡argentina! y yo sonrío orgullosa. De a poco voy aprendiendo el lunfardo de cada lugar y también enseño expresiones argentinas.

Quienes más me sorprendieron, tal vez porque nunca había conocido a ninguno, fueron los peruanos. Somos más parecidos de lo que creía. Todos los chicos que atienden el hostel en el que me estoy quedando son peruanos de entre 20 y 30 años, muy simpáticos y atentos, y me hacen sentir como en casa. Uno de los barman del hotel nació en Iquitos, ciudad amazónica de Perú, estudió turismo y viajó por varios países del mundo con solamente 28 años. No para de sorprenderme con sus historias y con lo que sabe de cada lugar. El sábado a la noche fui a un casamiento con él, con otros dos chicos que trabajan en el hotel y con un holandés que también se está alojando acá. Algo que en Buenos Aires me demandaría días de preparación me llevó pocas horas. Apenas me invitaron a la fiesta dije que sí y fui a conseguir ropa (en mi mochila no llevo nada de ropa arreglada, menos como para un evento así): una chica me prestó un vestido y una chilena del hostel me prestó sandalias. Me intrigaba muchísimo ver cómo era un casamiento en Perú.

El hombre que se casaba había sido electricista del hostel durante varios años; sin conocerme, me agradeció cálidamente por haber ido a su festejo. Llegamos a eso de la una de la mañana, justo a tiempo para ver un show de danza típica peruana. Había alrededor de 200 personas, mucha más gente de la que esperaba, todas sentadas en mesas: de un lado la familia del novio y del otro la de la novia. La música era en vivo, no había disc jockey, sino una banda que tocaba salsa y algo de cumbia peruana. Me divertí muchísimo. ¿Una diferencia con los casamientos de Argentina? El carnaval carioca, que para nosotros es casi obligatorio en cualquier fiesta, fue “la sorpresa” del casamiento, ya que acá no es muy común que se haga. Eso sí, al igual que en Argentina, en varios momentos de la noche se armó el trencito; lo que no vi fue hombres con la corbata en la cabeza. Hubiese sido demasiado. A eso de las 6 de la mañana, cuando ya no quedaba tanta gente, hubo una improvisación de música afro-peruana, y los que estaban en la pista se pusieron a bailar, demostrando la fuerte cultura de baile que hay en Perú.

Lima es una mezcla de ciudades, por momentos me siento en Buenos Aires, por momentos me hace acordar a lugares como Miami, por sus palmeras en medio de la calle. Pero lo que me gusta es que tiene personalidad propia. Todavía me falta recorrer bastante, pero como no tengo ni reloj ni almanaque, nada ni nadie me apura. Quiero seguir conociendo gente y disfrutando de todo lo que ofrece la ciudad. No se cuál será mi próximo destino. Muchos viajeros me recomendaron que fuera a Iquitos, ciudad en medio del Amazonas, así que ya veré. Quiero conocer el norte de Perú y después pasar a Ecuador. Aunque me gusta tanto estar acá que sospecho que me voy a quedar varios días. Necesitaba hacer un poco de vida de ciudad.

Texto e imágenes: Aniko Villalba © 2008