Sigo en Lima, ciudad en la que no podría aburrirme nunca.
Todavía me quedan muchos lugares por conocer, así que estos
días me dedicaré a ir a varios museos antes de partir hacia
el norte.
El martes pasado fui a conocer Punta Hermosa, una de las
playas del sur de Lima, a 25 minutos en auto. Nunca me
había bañado en el Océano Pacífico, así que no sabía cómo
imaginármelo. Según me dijeron mis amigos, comúnmente el
agua es más fría, pero ese día la temperatura estaba ideal.
Había olas grandes, tal vez no tanto como para hacer surf,
pero sí para divertirse un rato esquivando la rompiente.
Agarré mal algunas olas (mejor dicho, ellas me agarraron
a mí) y terminé de cabeza en la arena, pero feliz. Hace
más de un año que no iba al mar y ya lo estaba necesitando.
La playa estaba vacía, sólo para nosotros, y el sol no
pegaba fuerte. En Lima no hace frío y es muy raro que llueva,
incluso en invierno (históricamente, la temperatura más
baja registrada en la ciudad fue de 8 grados). Nada que
ver con Cusco, donde a la noche para salir del hotel teníamos
que ponernos dos pantalones, tres buzos, bufanda y gorro
de lana.
Para los limeños, ir a la playa es una opción más en su
rutina. Hay muchos universitarios que practican surf durante
la semana y lo único que necesitan es viajar menos de una
hora hasta la costa. A menos de 10 cuadras de mi hotel
en Miraflores hay playa, no es de las más lindas para bañarse,
pero se puede hacer surf o simplemente tirarse en las piedras
a escuchar las olas. La playa de moda se llama Asia y está
un poco más al sur que el resto. Todavía no fui, pero me
contaron que hay un boulevard lleno de bares y lugares
para salir de noche. Obviamente los precios están al doble
que en el resto de los pueblos.
El miércoles a la noche empezó el éxodo por Semana Santa,
todos los limeños abandonaron la ciudad y se fueron para
el sur, a festejar las Pascuas en el mar. Yo me fui de
sábado a domingo a lo de Mirla, una chica peruana que conocí
en el hostel a través de su novio estadounidense que también
se alojaba ahí. Ella trabaja en San Isidro, un barrio de
Lima, pero es de Punta Negra, un pueblito costero. Así
que el sábado me sacó a pasear con sus amigos para conocer
la noche del sur. La música que más se escucha por acá
es la salsa, la cumbia, el reggaeton, la electrónica, pero
toda mezclada. Los ritmos latinos se funden con los golpes
de la electrónica y la gente no para de bailar. El domingo
a la tarde dejamos Punta Negra y nos volvimos para Lima.
Lamentablemente, debido a la gran cantidad de gente que
fue y acampó los cuatro días, las playas quedaron bastante
sucias.
Una peculiaridad
de Lima es su sistema de transporte, hay muchas opciones
para moverse por la ciudad. Los más desafortunados son
los peatones, ya que los conductores van como locos y no
frenan jamás para dejar el paso. Yo estoy bastante acostumbrada
a eso ya que viví en Buenos Aires toda mi vida, pero conocí
a dos alemanes que estaban casi horrorizados por la falta
de respeto a las normas. Una variante para ir de un punto
a otro es el transporte público: hay colectivos y combis
de dos tamaños. Tienen recorridos fijos, pero no me resulta
fácil saber cuál es cuál porque las combis se diferencian
más que nada por color y no tengo nada parecido a una Guía
T para saber cuál tomarme. Así que cuando quiero ir a algún
lugar me dedico a preguntar o me quedo parada y espero
que frene alguna combi (estas paran casi en cada esquina
y tienen a una persona que se dedica a anunciar por la
ventana hacía dónde van).
Algo que me resulta muy gracioso son los taxis. Apenas
uno pone un pie en la vereda, de todos lados comienzan
a ofrecerle ¡taxi, taxi! Por supuesto, cuando uno realmente
los necesita, no aparece ni uno. El miércoles pasado necesitaba
ir de Surco a Miraflores (un viaje que cuesta alrededor
de 10 soles) y estuve parada de 9.30 a 10 de la noche sin
conseguir ni uno. Muchos frenaban y cuando les decía que
tenía que ir a Miraflores me decían que no (quién sabe
por qué). Finalmente me llevó uno por 7 soles, ni siquiera
le pedí un descuento porque ya me pareció barato. Como
acá los autos no tienen taxímetro hay que acordar el precio
antes de subirse (el regateo también sirve con los taxistas).
El mínimo son 3 soles y para ir de un barrio a otro pueden
cobrar entre 6 y 10 soles, o más, dependiendo de la distancia.
De noche los precios aumentan, y cuantos más quieran viajar,
más alta será la tarifa. Igualmente no me parece un servicio
tan caro. Lo más peculiar es el tipo de auto que usan:
más de la mitad de los taxis que circulan por Perú son
Ticos, un autito chiquito y muy económico, ya que gasta
poco. También hay mototaxis y muchos taxis truchos con
los que hay que tener cuidado. Así es el transporte en
Lima, impredecible, caótico y a veces demasiado cómico.
La comida peruana es un capítulo aparte. Los mismos peruanos
me dicen que ellos pueden tener fama de lo que sea, pero
que jamás les pueden decir que no tienen buena cocina.
Es cierto que a la mayoría de los platos les ponen ajo,
pero si es poco no se siente y le da más gusto a la comida.
Ya probé varios platos típicos: la papa a la huancaína,
el lomo saltado, el anticucho (corazón), la yuca, el camote…
y me encantaron todos. También fui a un lugar de mariscos
y comí el mejor plato de langostinos de mi vida (sin exagerar).
Me falta probar el plato nacional del Perú: el ceviche
(o cebiche), pescado macerado en jugo de limón, condimentado
con ají, cebolla, sal y pimienta y preparado con pescado
o mariscos frescos. Por último, otra curiosidad de Lima:
hay muchísimos locales de comida rápida de Estados Unidos.
Ejemplos: Pizza Hut, Kentucky Fried Chicken, Dunkin’ Donuts,
Starbucks, McDonald’s, Burguer, TGI Friday’s. Así es Lima,
una combinación entre lo típicamente nacional y lo importado.
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