[PERÚ] Huacachina, un oasis en el desierto


Ese mismo día nos fuimos para la ciudad de Ica, a dos horas de Nasca, porque uno de los tantos viajeros que conocimos en el camino nos había recomendado que fuéramos al oasis de Huacachina. Estábamos cansadas, con sueño y fuimos sin saber con qué nos íbamos a encontrar. Creímos que íbamos a mirar el oasis e irnos, pero nos terminamos quedando casi una semana.

Huacachina tiene algo que hace que uno no quiera irse. Todos los mochileros que conocimos se quedaron por lo menos cinco días en este lugar. No hay mucho para hacer más que caminar por la laguna, mirar el atardecer desde lo alto de una duna, meterse a la pileta, hacer sandboard por el desierto… ¿qué más se puede pedir? Como dijo una canadiense, Huacachina es “backpacker’s paradise” (el paraíso de los mochileros).

La gran pregunta era si este “Oasis de América” es una formación natural o si fue creado por el hombre para atraer turistas. Después de preguntar y averiguar, puedo concluir que fue obra de la naturaleza, aunque las distintas autoridades lo manipularon bastante y ahora está un poco descuidado. A mediados del siglo 20, Huacachina fue uno de los balnearios más exclusivos de Perú, debido a su clima cálido (ideal) y el poder curativo de su agua. Hoy, de aquella época, solamente quedan las construcciones y una laguna un poco más sucia.

Cerca de Huacachina hay un pueblo llamado Cachiche, que es conocido como la ciudad de brujas. En el pasado fue un centro de reunión de brujas, hoy hay todavía muchas personas que leen las manos y tiran las cartas. Lo más impresionante de este lugar es la palmera de las siete cabezas. Como en Cachiche hay más gravedad que en otras partes del mundo, los árboles crecen de costado; de la raíz de esta palmera salen siete troncos, que crecen como serpientes arrastrándose por la tierra. Solamente hay dos en el mundo y la otra está en África.

En pocos días conocí e hice cosas que jamás en mi vida me hubiese imaginado: anduve en buggy por el desierto, hice sandboard y bajé por una duna de 250 metros sin caerme, estuve en un oasis, conocí un lugar donde los árboles no crecen rectos y me senté en la cima de una duna a ver cómo bajaba el sol y se escondía entre la arena.

Texto e imágenes: Aniko Villalba © 2008