Panamá es un país que me confundió: la gente
es tan distinta entre ciudad y ciudad (en incluso dentro
de las mismas ciudades) que me parecía estar cambiando
de país constantemente. Mi paso por Panamá fue más rápido
que por el resto de los países, los 15 días que pasé no
me alcanzaron para conocer todas las regiones del país,
pero sí para hacerme una idea de la gran gama de culturas
que coexisten en el lugar.
Archipiélago paradisíaco
Entré a Panamá por San Blás, el archipiélago caribeño
donde está asentada la comarca de Kuna Yala. Allí conocí
a estas magníficas personas que han logrado mantener su
autonomía y su modo de vida tradicional. A pesar de pertenecer
a Panamá sentí que no encajaban en la denominación de panameños
típicos, sino que eran un grupo aparte. San Blás fue uno
de los lugares más lindos que conocí en todo el viaje,
un paraíso de islas en medio del mar. Cuando Venancio,
uno de los Kuna que habita en las islas y con quien estuve
charlando, me preguntó si prefería vivir en mi país o en
Kuna Yala le respondí, sinceramente, que no me molestaría
para nada quedarme unos meses en la comarca. Es que después
de haber estado en un mar tan transparente, en un rincón
tan caribeño y auténtico, ninguna playa me sorprende. Igualmente
sabía que no podía decir que conocí Panamá solamente por
haber estado en San Blás, así que seguí camino.
De Kuna Yala pasé a Isla Grande y Portobelo, ambas en
la costa de la provincia de Colón. Isla Grande es otro
paraíso de aguas azules, palmeras, vegetación exuberante
y arrecifes coralinos. El pueblo es chiquito y sus 300
habitantes son descendientes de los afro-antillanos que
trabajaron en la construcción del Canal de Panamá a principios
del siglo pasado. Es un lugar amistoso, relajado, donde
la gente se sienta en las veredas y descansa o conversa.
Allí no está permitido circular en automóvil. Portobelo,
a 15 kilómetros de Isla Grande, no es tan caribeño, pero
si hay algo que tiene es historia. Fue nombrado Portobelo
por Colón en 1502, y entre los siglos XVI y XVIII fue uno
de los puertos más importantes de exportación de oro y
plata hacia España. Al igual que Cartagena, esta ciudad
fue fortificada para impedir los ataques y saqueos, pero
en 1739 fue destruida y perdió su importancia. A pesar
de haber sido reconstruida pocos años después, aún hoy,
con sus 4000 habitantes, tiene un aire de abandono.
Influencias que dan forma a la Miami de Centroamérica
Finalmente llegué a Panamá City, la ciudad promocionada
como la Miami de Centroamérica, y acá fue donde la mezcla
de culturas terminó de abrumarme. En los lugares anteriores
me sentía en pequeñas burbujas culturales, en micromundos
más cerrados en sí mismos: los Kuna tienen sus tierras
y sus costumbres, los afro-antillanos viven en su isla
y comparten su música y su modo de ser. Pero en Ciudad
de Panamá hay una mezcla rarísima. Para empezar, Panamá
es un país que sufrió la influencia externa por largos
años: fue colonizada por los españoles en el siglo XVI,
tras su independencia pasó a formar parte de la Gran Colombia
(una confederación conformada por lo que hoy es Colombia,
Bolivia, Ecuador, Perú y Venezuela) y aunque en 1903 declaró
su independencia, fue considerada una provincia colombiana
hasta 1921. En 1914, Estados Unidos comenzó la construcción
del Canal de Panamá con trabajadores traídos de las Antillas.
A partir de ese momento, entre Panamá y Estados Unidos
se sucedieron los conflictos de poder, las rupturas de
relaciones y las intervenciones políticas, hasta que finalmente
en 1999, gracias al Tratado Torrijos Carter, el control
total del Canal fue otorgado a los panameños.
Tantos años de influencia no pasan desapercibidos. Los
panameños de la capital son una mezcla de estadounidenses
con colombianos, muchas veces con resultados no demasiado
positivos. La gente no me pareció tan amable como en otras
ciudades o pueblos, muchos me contestaron con mala gana,
mostraron una actitud de impaciencia y enojo o directamente
me ignoraron. La penetración cultural de Estados Unidos
ha creado una ciudad en la que conviven el primer y el
tercer mundo. La Miami que pregonan es una franja de edificios
blancos y modernos situados en la costa, pero uno se aleja
unos metros de esas construcciones y pasa a conocer el
verdadero día a día de una ciudad centroamericana. El Casco
Viejo, la parte antigua de la ciudad, es un lugar interesante,
y según me contaron tiene un aire a La Habana, pero está
bastante venido abajo y es sucio e inseguro. Para hacer
la mezcla étnica más complicada e interesante, en Panamá
vive una gran comunidad de chinos que han puesto supermercados,
mercaditos y negocios de electrónica.
Meca caribeña
Para terminar mi recorrido por el país me quedé unos días
en Bocas del Toro, un archipiélago de islas ubicado al
norte, a unos 30 kilómetros de la frontera con Costa Rica.
Bocas es otra de las mecas de los mochileros de todo el
mundo, todos hablan acerca de este lugar, entonces es imposible
ir sin expectativas. Cuando llegué sentí, otra vez, que
había cambiado de país. Originalmente, esta zona perteneció
a Costa Rica y si en Panamá City había variedad de gente,
este lugar es un rompecabezas de nacionalidades: hay varias
comunidades indígenas (los Ngöbe-Buglé, los Teribe y los
Bokotá), así como descendientes de españoles, ingleses,
franceses, alemanes, norteamericanos. Parte de las islas
están deshabitadas y mantienen su toque natural y autóctono,
pero lamentablemente Bocas está siendo muy explotado turísticamente
y está perdiendo su autenticidad.
Panamá no puede ser definida en una palabra, es un país
que hay que ir conociendo por regiones, siempre teniendo
en cuenta su historia y política externa. Y los panameños
tampoco pueden ser clasificados fácilmente, todavía no
me quedó claro quiénes son los verdaderos panameños: ¿los
indígenas? ¿los afro-antillanos? ¿los de la capital? Creo
que más que tener una identidad concreta, lo que los define
es justamente su mezcla de nacionalidades y culturas.
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