Existen varias maneras de cruzar de Colombia
a Panamá. La más rápida es en avión, en menos de una
hora uno está en Panamá City. Para quienes tienen más
tiempo y prefieren disfrutar del paisaje, la mejor opción
es cruzar en velero: la navegación lleva entre dos y
tres días, pero como se hace una escala en el archipiélago
de San Blas el viaje dura en total unos cinco días. Y
hay una tercera posibilidad, que ni siquiera se considera
como tal pero puede hacerse: cruzar por tierra a través
de la selva del Darién, algo ideal para aquellos que
deseen contagiarse malaria, encontrarse con algún grupo
guerrillero y perderse en esta enorme selva sin caminos
marcados.
La opción más popular es el barco. A causa de esto hay una gran demanda y en
general hay más pasajeros que barcos disponibles, así que hay que estar preparado
para esperar unos cuantos días. Los veleros que realizan este cruce tienen capacidad
para entre 4 y 10 pasajeros y conviene viajar con un capitán recomendado por
los hostales ya que hay casos de viajes que resultaron desastrosos por la falta
de experiencia o profesionalismo del tripulante. Yo conseguí un barco justo el
mismo día que llegué a Cartagena, un velero amplio, de 15 metros de largo, con
capacidad para 10 personas. Salimos un miércoles y llegamos a destino el domingo.
La tripulación estaba conformada por una pareja de israelíes, un chico polaco,
dos belgas, tres alemanes, el capitán y yo.
DÍA 1: Zarpamos de Cartagena
En teoría hoy salíamos a las 11 de la mañana, pero sufrimos
algunos contratiempos que nos demoraron unas horas. En
primer lugar, tuvimos que ir personalmente a la DAS a
sellar nuestros pasaportes. Normalmente el capitán se
encarga de sellar la salida del país el día anterior,
pero como dos días atrás encontraron a dos mochileros
indocumentados viajando por Colombia nos pidieron que
fuéramos a migraciones para corroborar que éramos nosotros
los que viajábamos y no otra persona usando nuestra documentación.
Fue un trámite dentro de todo rápido —aunque nos preguntaron
hasta el color de nuestro cepillo de dientes— excepto
para el chico israelí que estuvo retenido un largo rato
en la oficina. Al parecer el pobre chico tiene la mala
suerte de llamarse igual que un asesino serial colombiano
buscado hace tiempo por la policía. Increíble.
Finalmente zarpamos después de almorzar, aunque nadie comió
demasiado por miedo al mareo. Cuando subí al barco me acordé
de lo que me contaron todos los que ya hicieron este viaje:
uno, que vale la pena porque las islas de San Blas son
paradisíacas, y dos, que el barco se mueve tanto que la
mayoría de los pasajeros se la pasa vomitando durante los
primeros dos días. Estoy bastante acostumbrada a navegar
en el río aunque jamás navegué tantos días por mar abierto,
pero igualmente decidí confiar en mi resistencia y en mi
amor por el mar... La mala noticia es que ya antes de salir
de Cartagena el cielo se había puesto negro y una gigantesca
nube negra empezó a seguirnos.
Rezamos para que no lloviera, pero a una hora de haber
zarpado se largó el diluvio. No sé si fue la lluvia o qué,
pero cuando salimos a mar abierto el barco se movió muchísimo,
de arriba hacia abajo y de un costado a otro. Varios empezaron
a sentirse mal y dos de los chicos se descompusieron. Lo
mejor para el mareo es quedarse en la cubierta respirando
aire fresco y mirando el horizonte, pero a causa de la
lluvia tuvimos que amontonarnos todos en la sala y cerrar
todas las ventanas para que no entrara agua. De más está
decir que esa noche nadie cenó y fue casi imposible dormir.
Navegamos durante toda la noche con la tormenta encima
nuestro. Dormí de a ratos en uno de los sillones pero la
verdad es que la situación me puso algo nerviosa. DÍA 2: En medio del mar Caribe
Me desperté a las 7 de la mañana y la tormenta había parado.
Desayuné y me senté en la cubierta a mirar el paisaje.
Estamos realmente en el medio de la nada, lo único que
nos rodea es el mar más azul y transparente que vi en
mi vida. No se ve tierra por ningún lado y esto genera
una mezcla de sensaciones: por un lado, la inevitable
desolación, el “si nos pasa algo nadie nunca sabrá qué
fue de nosotros”, y por otro lado, la libertad de no
tener ningún tipo de obligación por unos días.
Miro la
inmensidad del mar Caribe y no puedo evitar caer en todos
los lugares comunes: Relato de un Náufrago, Titanic,
Tom Hanks y Wilson, Piratas del Caribe. Cualquier cosa
puede pasar, por eso hay que saber respetar a la naturaleza.
La monotonía de la navegación se rompe solamente cuando aparece
una señal de vida: delfines, ballenas, tiburones, pájaros,
algún barco de carga a lo lejos. A las 10 de la mañana, el
mar nos mandó visitas: unos diez delfines nadaron durante
15 minutos al lado del barco, cerca de la proa, y nos dedicaron
un espectáculo de saltos sólo para nosotros.
Por ahora estamos
navegando con el motor porque el viento no nos favorece para
usar la vela. Seguimos el rumbo del sol, siempre hacia el
oeste. Si todo sigue así, llegaremos mañana al mediodía a
San Blas. Solamente rezo para que no se repita la tormenta
de anoche.
DÍA 3: Entramos a aguas panameñas
Ya estamos todos recuperados del mareo, los chicos que
estaban descompuestos están mejor y todos estamos comiendo
normalmente. Seguimos en mar abierto y los delfines volvieron
a aparecer para saludarnos. Estuve manejando el velero
un rato; no es difícil, solamente hay que mantener el rumbo
correcto y disfrutar de la navegación. Al mediodía vimos
tierra a lo lejos: San Blas. Lo malo es que apenas empezamos
a acercarnos al archipiélago se largo a llover torrencialmente
otra vez. El barco se movió mucho para los costados y en
un momento pensé que nos íbamos a dar vuelta.
Finalmente llegamos a El Porvenir, capital de la comarca
de Kuna Yala, a eso de las 3. Esta isla es la principal
de las 365 que conforman el archipiélago; allí está el
aeropuerto, la oficina de migraciones y un hotel. San Blas
es una comarca manejada por sus habitantes indígenas, los
Kuna, y a pesar de ser parte de Panamá tiene un gran nivel
de autonomía. Los Kuna han logrado mantener sus tradiciones
y modo de vida; tienen un presidente y se reúnen periódicamente
en congreso para tratar los asuntos de la comarca. No permiten
ningún tipo de inversión extranjera en sus islas y ellos
mismos manejan todos los servicios de alojamiento y comida
para turistas. Hablan su propia lengua y las mujeres siguen
usando su vestimenta tradicional (a diferencia de los hombres
que se han "occidentalizado" en su manera de
vestirse). Los Kuna se dedican a la confección de molas,
tejidos muy detallados y coloridos con imágenes que forman
parte de su imaginario colectivo y de su vida cotidiana:
peces, tortugas de mar, delfines, pájaros, hojas, plantas,
estrellas. Gran parte de sus ingresos y subsistencia dependen
de la venta de estos productos. Tras sellar la entrada a Panamá fuimos hacia Chichimé,
otra de las islas, y tiramos el ancla a pocos metros de
la costa para quedarnos acá durante los próximos dos días.
La Comarca ocupa un área de 3206 km2 y posee una población
de poco más de 36.000 habitantes. De las 365 islas —"una
para cada día"— solamente 36 están habitadas. Las
hay de todos los tamaños: algunas, como Chichimé, albergan
varias casitas y otras apenas tienen espacio para una sola
palmera, hay una incluso que es sólo arena, sin ningún
tipo de vegetación.
El agua que las rodea es entre verde y turquesa y va cambiando
de tonalidad según la intensidad del sol. Los Kuna se mueven
de una isla a otra en sus canoas de madera: las mujeres
se acercan a los barcos para ofrecer sus productos —carteritas,
camisas, telas, pulseras, tobilleras, molas— y los hombres
van de un lado a otro en busca de peces, langostas, cangrejos
y pulpos para vender a los turistas. Una cartera cuesta
5 dólares, una pulsera 2 o 3, una camisa está a 10 y una
mola entre 10 y 60 dólares, dependiendo del tamaño y del
trabajo; la langosta está a dos dólares, el cangrejo a
tres y los peces a uno. Después de almorzar langosta nos
fuimos a bucear a un arrecife cercano a Chichimé. Vimos
estrellas de mar, rayas, crías de tiburón y peces de todos
los colores.
DÍA 4: Relajados en San Blas
Hoy es sábado y seguimos en el paraíso, anclados frente
a Chichimé. Decidí ir un rato a la isla para saludar a
los Kuna que viven ahí. En el sector de la isla que está
frente a nuestro barco hay tres casitas construidas enteramente
con madera y palmas. En la costa están amarradas las canoas
y en unas palmeras cercanas hay una red de volley y un
aro de basquet. Encontré a tres mujeres sentadas trabajando
en sus molas, a sus pies un nenito de 5 años jugando en
la arena y al costado un hombre trabajando también en uno
de sus tejidos. Me puse a hablar con este último, Venancio,
ya que es uno de los que sabe más español.
Venancio habla Kuna como primer idioma y ha aprendido
español e inglés gracias a los turistas que llegan a la
isla; también sabe palabras en francés, italiano y japonés.
Me hizo todo tipo de preguntas (cómo me llamo, cuántos
años tengo, de dónde soy, a qué me dedico, cuántos hermanos
tengo, hace cuánto que viajo, si sé tejer, si prefiero
vivir en mi país o en Kuna Yala) y fue traduciendo las
respuestas para que las mujeres entendieran.
Me mostró la mola que estaba tejiendo como regalo para
su sobrino; el diseño fue creado por su abuela y ha pasado
de generación en generación. Algunas telas llevan semanas
de trabajo por el alto nivel de meticulosidad y detalle
que tienen y todas se realizan completamente a mano. Existen
dos tipos de molas: las tradicionales, que tienen diseños
mucho más antiguos y abstractos, y las más actuales que
fueron diseñadas hace unos cinco años y son las que más
se ofrecen a los turistas.
Venancio me contó que jamás salió de San Blas, él vive
allí, como tantos otros, en una isla sin electricidad,
sin luz, sin televisión. No tienen lo que muchos considerarían
comodidades indispensables (aire acondicionado, internet,
televisión, radio), pero sin embargo lo tienen todo… Venancio
me dio su tarjeta personal con su nombre, una foto de uno
de sus trabajos y su número de celular. Sí, tienen celulares
y los utilizan para comunicarse de una isla a la otra,
y no sé cómo ni de dónde, pero hay señal.
Después de charlar con Venancio me dediqué a hacerme amiga
del nene kuna y pudimos comunicarnos a pesar de no hablar
el mismo idioma. Jugamos a las escondidas y dibujamos en
la arena, al principio todo en silencio, y cuando tomó
más confianza me habló, pero lo único que entendí de lo
que me dijo fue mi nombre. Le pedí permiso a la mamá para
sacarle fotos, ya que no me hubiese gustado faltarles el
respeto y ella aceptó encantada. A la noche cenamos todos
en la isla, los Kuna nos prepararon un banquete de comida
de mar: langosta, pulpo, cangrejo, pescado. Una de las
mejores comidas de todo el viaje. Hicimos una fogata y
nos quedamos ahí durmiendo en hamacas.
DÍA 5: Rumbo a Ciudad de Panamá
Lamentablemente el viaje en barco terminó, a la mañana
vino a buscarnos una lancha para llevarnos a tierra firme
y de ahí tomamos un jeep hacia Panamá City. Sufrí el mareo
de tierra, después de estar varios días navegando uno pisa
tierra firme y siente que todo sube y baja. El cruce en
barco fue una de las mejores partes de mi viaje y conocer
a los Kuna y entrar en su forma de vida fue una experiencia
impagable.
|