03.07.2009 - Vueltas por el lago de Atitlán

Es una pena viajar con poco tiempo por el Lago de Atitlán ya que hay muchos lugares por conocer. El viaje de Antigua a Panajachel, uno de los pueblos del lago, dura unas 2 horas y media y cuesta USD 5. Unos 20 minutos antes de comenzar el descenso a Pana, la combi se choca con una vista panorámica increíble. Allí el conductor invita a los pasajeros a bajarse y, desde el borde de la pendiente, comienza a señalar y a nombrar los pueblos asentados a orillas del Lago: Panajachel, Santiago de Atitlán, San Marcos, San Pedro, Santa Cruz. Se puede ir de uno a otro en colectivo, pero lo divertido es trasladarse en bote.

Lo mío fue casi un ta-te-tí. Saqué pasaje desde Pana a San Pedro La Laguna (en realidad sin saber muy bien por qué), pero decidí bajarme antes, en San Marcos. ¿Por qué cambié de idea sobre la marcha? Mientras iba en la lancha leí en la guía (LP) que San Pedro es el pueblo más popular, pero que San Marcos tiene una mística muy especial y distinta al resto. Además de ser un pueblo mucho más chiquito, es un importante centro de meditación, reiki, y todo eso que tiene que ver con lo espiritual. Y según dicen los de la Lonely Planet, atrae a “hippies with a purpose” (hippies con algún propósito), así que quería ver si yo cabía en esa denominación (?).
El viaje en lancha duró media hora. Durante esa media hora, nuestro capitán no dejó de hablar por celular. Increíble que haya señal en medio de un lago de varios kilómetros de diámetro. El paisaje es imponente: montañas que rodean todo el lago con cuadrados de pasto de distintos tonos de verde, pueblitos grandes o pequeños a varios kilómetros de distancia y los tres volcanes que se asientan a orillas del Lago.

Llegué a San Marcos, un pueblo MUY chiquito, con 3000 habitantes, y desde que puse un pie en tierra firme comenzaron a cuestionarme. Vale aclarar que en Guatemala la mayor parte de la población indígena es maya (no descendientes de, sino mayas); y además de hablar español y algo de inglés, cada grupo habla su propio dialecto, muchas veces inentendible para el resto.

Como decía, pasé por el interrogatorio (más que simpático) de los mayas y no mayas del lugar. Si en Antigua la gente saludaba, en San Marcos, además de saludar y sonreír, preguntaban de todo.En el hostel, un grupo de chicos de no más de 10 años quiso saber de dónde era, a dónde iba, de dónde venía, cuántos días me quedaba, etc etc etc. Cuando iba caminando por uno de los caminos de tierra (en San Marcos no hay calles) me crucé con dos nenes de no más de 6 años y uno me gritó, de lejos, “¡Está muy bonito!” (JAJA).

Al rato, cuando iba en busca de algo para comer, sentí que alguien me decía “That way not good!”, retrocedí, le di las gracias al señor que me había avisado y le dije que hablaba español ya que era Argentina. Enseguida se presentó como Diego, me contó que era chamán y que estaba trabajando con tres argentinas en una investigación de plantas medicinales. Me ofreció un aceite de almendras que fabricaba él y creo que me tentó el olor más que otra cosa, así que le compré un frasquito.

Esa tarde llovió, como todos los días en esta bendita época de lluvias. Cuando paró un poco recorrí todo el pueblo, espié varios centros de meditación aunque no practiqué nada (los precios no son exactamente baratos), me asomé a la iglesia donde los locales estaban celebrando un acto y escuché los cantos de las mujeres hasta entrada la noche (desde el hostel).

A la mañana siguiente, antes de irme hacia San Pedro, nadé un rato en el lago. Es bastante transparente y la temperatura varía según el momento del día: cuando yo me bañé estaba perfecta. A lo lejos se veían las balsas de los locales flotando cerca de la costa: pasan varias horas dedicadas a la pesca. Cuando salí del lago se me acercó una nena y me saludó. Me preguntó de dónde era y me dijo que ya me había visto por el pueblo. Se llamaba Sandra, tenía 14 años y se dedicaba a vender aguacates (palta), era de San Marcos y nunca había salido de ahí. Lástima que odio la palta, sino le compraba algo. Le pregunté algunas cosas acerca de su vida y después se quedó al lado mío, en silencio, como buscando compañía. Al ratito me dio la mano, me dijo mucho gusto y siguió por su camino. Obviamente yo NO tenía mi cámara de fotos encima y me perdí la oportunidad de hacerle unos buenos retratos.

De San Marcos navegué a San Pedro, y apenas bajé me di cuenta de lo bien que había hecho en quedarme en San Marcos. San Pedro es el pueblo más popular y preparado para el turismo: apenas bajé se abalanzaron para ofrecerme taxis, alojamiento, comida... No me pareció tan auténtico como San Marcos, así que después de dar algunas vueltas me fui otra vez hacia Panajachel y de ahí a Chichicastenango.

Texto e imágenes: Aniko Villalba © 2009-2010