Es una pena viajar con poco tiempo por el Lago de Atitlán
ya que hay muchos lugares por conocer. El viaje de Antigua
a Panajachel, uno de los pueblos del lago, dura unas 2
horas y media y cuesta USD 5. Unos 20 minutos antes de
comenzar el descenso a Pana, la combi se choca con una
vista panorámica increíble. Allí el conductor invita a
los pasajeros a bajarse y, desde el borde de la pendiente,
comienza a señalar y a nombrar los pueblos asentados a
orillas del Lago: Panajachel, Santiago de Atitlán, San
Marcos, San Pedro, Santa Cruz. Se puede ir de uno a otro
en colectivo, pero lo divertido es trasladarse en bote.
Lo mío fue casi un ta-te-tí. Saqué pasaje desde Pana a
San Pedro La Laguna (en realidad sin saber muy bien por
qué), pero decidí bajarme antes, en San Marcos. ¿Por qué
cambié de idea sobre la marcha? Mientras iba en la lancha
leí en la guía (LP) que San Pedro es el pueblo más popular,
pero que San Marcos tiene una mística muy especial y distinta
al resto. Además de ser un pueblo mucho más chiquito, es
un importante centro de meditación, reiki, y todo eso que
tiene que ver con lo espiritual. Y según dicen los de la
Lonely Planet, atrae a “hippies with a purpose” (hippies
con algún propósito), así que quería ver si yo cabía en
esa denominación (?).
El viaje en lancha duró media hora. Durante esa media hora,
nuestro capitán no dejó de hablar por celular. Increíble
que haya señal en medio de un lago de varios kilómetros
de diámetro. El paisaje es imponente: montañas que rodean
todo el lago con cuadrados de pasto de distintos tonos
de verde, pueblitos grandes o pequeños a varios kilómetros
de distancia y los tres volcanes que se asientan a orillas
del Lago.
Llegué a San Marcos, un pueblo MUY chiquito, con 3000
habitantes, y desde que puse un pie en tierra firme comenzaron
a cuestionarme. Vale aclarar que en Guatemala la mayor
parte de la población indígena es maya (no descendientes
de, sino mayas); y además de hablar español y algo de inglés,
cada grupo habla su propio dialecto, muchas veces inentendible
para el resto.
Como decía, pasé por el interrogatorio (más que simpático)
de los mayas y no mayas del lugar. Si en Antigua la gente
saludaba, en San Marcos, además de saludar y sonreír, preguntaban
de todo.En el hostel, un grupo de chicos de no más de 10
años quiso saber de dónde era, a dónde iba, de dónde venía,
cuántos días me quedaba, etc etc etc. Cuando iba caminando
por uno de los caminos de tierra (en San Marcos no hay
calles) me crucé con dos nenes de no más de 6 años y uno
me gritó, de lejos, “¡Está muy bonito!” (JAJA).
Al rato, cuando iba en busca de algo para comer, sentí
que alguien me decía “That way not good!”, retrocedí, le
di las gracias al señor que me había avisado y le dije
que hablaba español ya que era Argentina. Enseguida se
presentó como Diego, me contó que era chamán y que estaba
trabajando con tres argentinas en una investigación de
plantas medicinales. Me ofreció un aceite de almendras
que fabricaba él y creo que me tentó el olor más que otra
cosa, así que le compré un frasquito.
Esa tarde llovió, como todos los días en esta bendita
época de lluvias. Cuando paró un poco recorrí todo el pueblo,
espié varios centros de meditación aunque no practiqué
nada (los precios no son exactamente baratos), me asomé
a la iglesia donde los locales estaban celebrando un acto
y escuché los cantos de las mujeres hasta entrada la noche
(desde el hostel).
A la mañana siguiente, antes de irme hacia San Pedro,
nadé un rato en el lago. Es bastante transparente y la
temperatura varía según el momento del día: cuando yo me
bañé estaba perfecta. A lo lejos se veían las balsas de
los locales flotando cerca de la costa: pasan varias horas
dedicadas a la pesca. Cuando salí del lago se me acercó
una nena y me saludó. Me preguntó de dónde era y me dijo
que ya me había visto por el pueblo. Se llamaba Sandra,
tenía 14 años y se dedicaba a vender aguacates (palta),
era de San Marcos y nunca había salido de ahí. Lástima
que odio la palta, sino le compraba algo. Le pregunté algunas
cosas acerca de su vida y después se quedó al lado mío,
en silencio, como buscando compañía. Al ratito me dio la
mano, me dijo mucho gusto y siguió por su camino. Obviamente
yo NO tenía mi cámara de fotos encima y me perdí la oportunidad
de hacerle unos buenos retratos.
De San Marcos navegué a San Pedro, y apenas bajé me di
cuenta de lo bien que había hecho en quedarme en San Marcos.
San Pedro es el pueblo más popular y preparado para el
turismo: apenas bajé se abalanzaron para ofrecerme taxis,
alojamiento, comida... No me pareció tan auténtico como
San Marcos, así que después de dar algunas vueltas me fui
otra vez hacia Panajachel y de ahí a Chichicastenango.
|