Mi viaje empezó un día después de
lo planeado. Qué pasó, de todo, primero y principal: la bendita
niebla. Tuvieron que desviar el avión de TACA que llegaba
de Lima hacia Aeroparque a causa de la niebla (yo tenía que
tomar ese avión para hacer conexión en Lima y de ahí volar
directo a Guatemala) y finalmente suspendieron el vuelo.
Así que otra vez a casa, a dormir y esperar para salir el
domingo a las 6.
El vuelo que tomé hoy hizo escala en Lima
y en San José de Costa Rica, dos ciudades muy distintas
que conocí el año pasado en mi otro viaje, una más árida,
la otra exuberante, ambas muy interesantes. En los dos
aeropuertos pensé, otra vez por acá... siento que vengo
a completar lo que me faltó conocer el año pasado (la otra
vez llegué hasta Honduras). Ya llegaré a México algún día...
Mientras volaba en el avión número uno leí algo que me
pareció interesante acerca de un fenómeno que ya conocía
pero al que nunca le había puesto un nombre: los flashpackers.
Al parecer, los flashpackers son los backpackers del siglo
21: se hospedan, comen y se transportan como mochileros
(es decir, gastando lo menos posible), pero viajan con
computadoras portátiles, cámaras digitales, celulares,
mp3 y siempre se conectan a internet para actualizar sus
blogs, subir fotos y videos para compartir sus experiencias
de viajes con familiares y amigos. Hola, me llamo Aniko
y soy flashpacker (?).
En el avión número dos decidí empezar
Ébano, el libro en el que Ryszard Kapuściński, periodista,
corresponsal y escritor polaco, relata sus viajes por África.
Entre muchísimas cosas interesantes, dice algo que viene
muy al caso: "Hace
tiempo, cuando los hombres atravesaban el mundo a pie o a
caballo, el viaje los iba acostumbrando a los cambios. El
hombre tenía tiempo de familiarizarse con ambientes diferentes,
con nuevos paisajes. El clima también cambiaba gradualmente,
poco a poco. ¡Hoy no queda nada de aquellas gradaciones!
El avión arrebata violentamente del frío glacial y de la
nieve para lanzarnos, el mismo día, al abismo candente del
trópico." Cuánta verdad, pensé mientras el capitán nos
informaba que en San José de Costa Rica estaba haciendo unos
28 grados.
En el avión número tres estaba feliz y emocionada
de estar llegando a Guatemala, así que todo me parecía
espectacular, especialmente las nubes. Sí, nunca en mi
vida vi nubes así, tan esponjosas, gordas y algodonadas
que dan ganas de tirarse encima; parecían ese humo espeso
que sale tras una explosión, como si hubiese quedado congelado
en el cielo. Yo pensaba, qué buenas nubes que tienen en
Guatemala. Supongo que son las que se forman en el pico
de los volcanes.
Finalmente llegué
a Guatemala City después de unas 10 horas de viaje total
y dejé de ser una pasajera en tránsito (por el momento).
Los vuelos fueron todos muy buenos y tranquilos, y por
suerte me alimentaron en los tres aviones. El país ya me
encantó desde el cielo. El color que predomina es el VERDE,
así, bien fuerte; la geografía es montañosa y, según me
dijeron, hay unos 30 volcanes en todo el país.
Estuve armando
un itinerario posible. Para empezar, me vine directo a
Antigua desde el aeropuerto, un pueblo chiquito, colonial,
muy lindo (tiene ese nombre por ser la antigua capital
de Guatemala). Todavía no recorrí mucho ni saqué fotos
porque cuando llegué ya había oscurecido, así que mañana
a primera hora salgo a caminar. Ah, acá en Guatemala es "invierno",
y la temperatura promedio es arriba de 20 grados.
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