Los jueves y los domingos son los días más importantes
de la semana en Chichicastenango: esos dos días, sin excepción
y durante todo el año, tiene lugar uno de los mercados
indígenas más importantes del país. Desde la noche anterior,
Chichicastenango, pueblito tranquilo si los hay, se vuelve
caótico. Hombres, mujeres y niños llegan de todas partes
de Guatemala para exponer, durante unas horas, sus productos
a lo largo de las calles del pueblo. Si hay lluvia, como
siempre en esta época, poco importa; todos saben que más
tarde saldrá el sol y el mercado podrá funcionar normalmente.
Los días del mercado, desde la mañana, las mujeres salen
a la calle cargando sus mercaderías y comienzan a ordenar
y presentar sus productos, ya sea sobre la vereda o en
algún stand un poco más armado.
¿Qué venden? Qué no venden...
cds,
zapatillas,
gallinas,
comida,
llamadas telefónicas,
bananas,
muñecos,
telas que sirven para lo que uno quiera,
flores,
escobas,
escobitas,
granos,
especias,
fruta,
motos (?),
remedios milagrosos que curan el insomnio, los derrames,
la convulsiones, la tos, el dolor de muelas, las contracturas,
los problemas de corazón...
bolsas, bolsos, bolsitos,
alfombras, cubrecamas,
muñequitos,
verduras,
máscaras,
adornos,
colores...
Y una larguísima lista de etcéteras.
El mercado no es solamente color. Es olor a tortilla,
a frito, a pescado, a especias, a flores. Es música, es
ruido, bullicio, barullo, charlas, risas, conversaciones,
es un "¿qué va a llevar seño? Buen precio para usted...",
es el constante "cómpreme amiga, que no vendí nada
hoy, se lo dejo a precio especial, lleve para usted, para
regalo, para su mamá, su papá...".
Y el mercado es, más que nada, su gente. Mujeres que me
persiguieron cuadras y cuadras para pedirme, rogarme, suplicarme
que les comprara algo. Chicas que me pidieron que les regalara
un helado a cada una (cómo negarme). Madres sentadas en
sus puestos de venta con sus bebés, siempre trabajando
en sus artesanías y cuidando a su familia. Hombres charlando
con amigos, leyendo el diario, intentando convencer a lo
extranjeros de que su precio es el mejor. Todos practicando
el deporte del regateo con simpatía.
Y al final del día, todo termina tan de golpe como empezó.
Hombres y mujeres vuelven a empaquetar sus cosas, se las
cargan en la espalda o en la cabeza y esperan a la combi
o colectivo que los llevará, otra vez, a su pueblo y su
rutina de siempre. Hasta el próximo domingo, cuando todo
vuelva a empezar.
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