Maia

Maia siempre se despierta unos minutos antes de que salga el sol. No tiene noción de la hora, en su casa nunca le enseñaron a guiarse por dos agujas sino por el color del cielo. Cada mañana, ve el cielo negro que de a poco empieza a aclarar, eso le indica que está por empezar el día. Maia es la más pequeña de cinco hermanas y comparte la cama con dos de ellas. En el cuarto que hace de casa son siete: ellas cinco, la madre y una tía. La rutina se repite día a día: Maia abre los ojos y enseguida despierta a sus dos hermanas, ellas despiertan a las otras dos y la mayor, a la tía. La madre ya está despierta, a veces la preocupación no le permite dormir demasiado. Maia se viste con la pollera y la camisa que heredó de sus hermanas, agarra un fajo de collares hechos por la madre la noche anterior y se prepara para ir al parque. Cada hermana se dedica a vender algo distinto: pulseras, bufandas, collares, bolsos, títeres.

En el parque, Maia ve que una chica rubia se sienta en un banco cercano. De pequeña le enseñaron que los rubios son gringos, hablan inglés y tienen dinero. Va corriendo hacia ella y le muestra los collares, la chica le dice que no quiere comprar nada, le agradece y le dice que los collares son muy lindos. Lo primero que le pregunta Maia es por qué no habla inglés, la chica le responde que ella viene de un país donde se habla español y le pregunta a Maia si ella sabe hablar inglés. Maia no sabe, pero le dice que habla un poquito y se va corriendo a donde están su mamá y dos de sus hermanas.

Maia es muy chica para comprender el gran bagaje cultural que carga en su espalda, Maia probablemente no sabe tanto acerca de sus antepasados, Maia no sabe que ella también es fundamental en la historia maya. Maia seguirá viviendo la misma rutina durante años, durmiéndose cuando el cielo aún esté naranja, llorando cada vez que caigan gotas de las nubes y despertándose siempre unos minutos antes de que salga el sol.

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Historia basada en la siguiente situación:

Estoy sentada en un banco del Parque Central de La Antigua Guatemala, mirando a una madre con sus hijas y tratando de sacarle una foto discretamente. Se me acerca una de las nenas, tendrá cinco o seis años.
—Collarcitos, baratos, bonitos para regalo.
—No, gracias.
—Collarcitos, baratos, bonitos para regalo.
—¿A cuánto?
Se va corriendo a preguntarle a la mamá.
—A cuarenta.
—No, gracias, igual son muy lindos, ¿los hiciste vos?
—No, mi mamá... Mirá qué lindos.
—Sí, muy lindos.
—¿Por qué no hablás inglés?
—Porque soy de Argentina, un país donde se habla español. ¿Vos hablás?
—Un poquito, pero no puedo hablar mucho.

Y así como vino, se fue.

Texto e imágenes: Aniko Villalba © 2009-2010