Ya ve... ¡A Tikal! ¡Todos iban a Tikal y aquicito se
quedaron!
La enfermera me controla el suero y se ríe.
Uno que se rompió una pierna y ya no pudo ir, otro que
necesitó cirugía y se quedó aquí internado varios días.
¡Todos se volvieron a su país, ninguno vio Tikal!
Las dos nos reímos de la situación, morbosa, irónica,
triste. Esta vez me tocó a mí. “La Maldición de Tikal”
como le digo yo. Estoy a muy pocos kilómetros de las ruinas
mayas más imponentes y no voy a poder ir a visitarlas.
Al menos no en este viaje. Lo que me consuela es pensar
–o mejor, saber con total seguridad– que las ruinas no
se van a mover de Guatemala al menos por un par de siglos
más.
Sandra, una de las dos enfermeras que me atiende, me pregunta
si algún día voy a volver a su país. Delo por hecho, no
me voy a ir de este mundo sin haber visto Tikal, aunque
probablemente sea en un par de años. Por ahora, nada de
salir a caminar por ahí, a ver si me vuelve a picar el
dengue.
Capítulo I: Fue el huevo
Capítulo II: Hay que internar
Capítulo III: Inseparables
Capítulo IV: ¡Enfermera! ¡Quiero ir al baño!
¡Enfermera!
¡Se me salió el suero! ¡Enfermeraaa! ¡Me aburro!
Capítulo V: Repatriación sanitaria

|