Por todos lados, hasta en el pueblo más chiquito y perdido,
hay “agencias de viaje” (notar el uso de las comillas)
que ofrecen el servicio de “shuttle bus” (combis) (sí,
acá todo se ofrece en inglés) hacia distintos puntos turísticos
del país. Estos shuttle cobran unas 10 veces más de lo
que vale el viaje (y en dólares), pero son servicios directos,
“puerta a puerta”. Si uno tiene poco tiempo, puede ser
una buena opción, pero lo cierto es que duele pagar 15
dólares por un viaje de no más de una hora y en el que
uno solo ve las caras de otros extranjeros (casi siempre
europeos). Lo lindo es viajar en busca de experiencias
auténticas.
Un ejemplo. Hoy volví a Panajachel (Lago de Atitlán) para
ir hacia Chichicastenango, ya que mañana jueves es uno
de los días en que se organiza el famoso mercado indígena
en el pueblo. Averigüé por el servicio de shuttle y querían
cobrarme entre 6 y 15 dólares por un viaje de 40 km (evidentemente
cobran por la cara). Así que decidí optar por el chickenbus.
En realidad no es que nunca haya viajado en este tipo de
transporte, el chickenbus es el bus que toman los locales
para ir de un lado a otro (ellos obviamente no viajan en
estas lujosas combis) y es el medio de transporte que usé
durante todo mi viaje por América latina el año pasado.
Cuando viajaba por otros países siempre me encontraba con
mochileros subidos a estos peculiares colectivos, pero
acá en Guatemala al parecer todos optan por las combis.
Ellos se lo pierden.
Bueno, la cuestión es que me fui caminando hacia la parada
(generalmente paran en una esquina y luego van frenando
para levantar gente a lo largo de todo el camino) y pregunté
por el bus a Chichi. Otra cosa que hay que saber es que
acá los nombres siempre se acortan, entonces Panajachel
es Pana, Chichicastenango es Chichi, Guatemala City es
Guate y Quetzaltenango es Xela. Como no había un colectivo
directo a esa hora, el chófer me dijo que viajara a Sololá
(a 15 minutos), de ahí a Los Encuentros (una media hora)
y de ahí a Chichi (25 minutos más).
Los colectivos que se usan acá recuerdan a los buses escolares
(los amarillos o naranjas), aunque el pasillo es bastante
estrecho y en la fila de asientos entran tres personas
de cada lado. Cuando me subí ya no había lugar, así que
me senté en un pseudo asiento de metal al lado del chofer
y de espaldas al parabrisas. Como dije, ni un mochilero
a la vista. Yo iba de frente a todos los pasajeros así
que podía mirar descaradamente sin quedar mal. Pero en
realidad muchos me miraban a mí. Las nenitas me sonreían
pero no se animaban a hablar, me pregunto qué les pasaría
por la cabeza...
Lo gracioso del chickenbus es que sigue subiendo pasajeros
aunque ya no haya nada de lugar, y uno no sabe cómo, pero
las mujeres que suben con un bebé en la espalda, una nena
de cada mano y un enorme paquete haciendo equilibrio en
la cabeza, logran hacerse un lugar y sentarse. No se llama
chickenbus porque viajen animales, sino porque se viaja
como pollitos en una caja!
Un personaje fundamental es el que cobra los boletos.
El pasaje no se paga al subir ni al bajar, sino en mitad
del viaje cuando el cobrador se acerca a los asientos.
Tampoco sé cómo hace, pero logra atravesar el pasillo repleto
de gente para cobrarles a todos, después sale por la puerta
de atrás, empieza a correr al lado del colectivo mientras
este acelera, se acerca a la puerta de adelante, se agarra
del caño y pega un salto para quedar de nuevo arriba y
volver a repetir la acrobacia a los pocos minutos.
Para quienes viajaron alguna vez en este tipo de transporte,
sepan que la música que se escucha jamás varía: cumbia,
cumbia y más cumbia. El conductor a veces canta y el cobrador
hace algún pasito de baile, cuando se cruzan con otro chickenbus
que viene de frente se tocan bocina a modo de saludo. Cuando
un pasajero quiere bajar, lo anuncia unos metros antes
y el colectivo frena.
Y así es el recorrido... Gente que sube y baja cada 200
metros, mujeres cargadas de comida y de hijos, hombres
con sus gorros mexicanos (la cercanía con la frontera mexicana
se nota cada vez más), chicas que van o vuelven del colegio.
Todos charlan, se ríen, algunos duermen, otros miran a
los extranjeros con curiosidad. Y luego cada cual sigue
con su vida.
Se puede conocer mucho acerca de la cultura de un país
subiéndose a sus medios de transporte. Y todo por un dólar.
Sí, para los curiosos, los tres viajes desde Pana hasta
Chichi me costaron en total 10 quetzales, poco más de un
dólar.
(En el próximo capítulo, el Lago de Atitlán, hippie life,
mayas curiosos y centros de meditación ocultos)
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