Apenas pisé este pueblito mínimo, escondido,
conocido como Montañita, pensé: acá me quedo. Y parece
que no fui la única.
Esta comuna, ubicada en la costa ecuatoriana y a 200 km
de Guayaquil, es uno de los tantos pueblitos que conforman
la Ruta del Sol. Con sólo dar una vuelta por sus cortas
calles de tierra, uno puede ver qué tipo de gente habita
este lugar: artesanos, músicos, surfers, escritores, hippies y
muchísimos extranjeros que fueron "de pasada" y
nunca más volvieron a sus países. Todas las historias que
me contaron los habitantes de Montañita parecían ser la
misma, lo que variaba eran los detalles. Ya
hace 7 años que estoy viviendo acá, y pensar que vine solamente
por 15 días, me dijo, con una sonrisa, una argentina que hoy
tiene su propio local de ropa y una casa en la playa. Hace
8 años que estoy viajando por Latinoamérica, pero siempre
me quedo por lo menos 6 meses en este lugar, me dijeron,
en distintas conversaciones, un artesano uruguayo y un
artesano/músico peruano. Hace más
de tres años que tengo este local, y estamos pensando en
poner una sucursal en Guayaquil, me cuenta, orgulloso, un argentino mientras
me sirve una pizza. Decidí quedarme
en Ecuador porque es un país que tiene una gran diversidad
de gente, de paisajes, y Montañita es como un paraíso para
mí, me confiesa un
italiano, dueño, junto con su mujer ecuatoriana, de un
hostel ubicado frente al mar.
Y así es la vida en este lugar: hay decenas de ecuatorianos,
suizos, argentinos, israelíes que decidieron quedarse a
vivir en Montañita y poner un hotel, un restaurante, una
pequeña agencia de viajes, un negocio de Internet, un puestito
de artesanía, un poco de música. En Montañita el tiempo
parece estar suspendido, acá los calendarios no importan
y los relojes tampoco. Todo el año hace calor, y los meses
se diferencian por la nacionalidad de los viajeros que
visitan el lugar: en enero y febrero se llena de argentinos
y chilenos; en junio, julio y agosto, le toca el turno
a los europeos, pero incluso durante la temporada baja
hay gente de todas partes del mundo. No importa la época
del año, hay una energía positiva y un ambiente amigable
que se mantiene constante y que es difícil de encontrar
en otros lugares.
En Montañita es imposible no conocer gente, basta con caminar
por la callecita principal para que los artesanos que están
ubicados a los costados saluden y entablen conversaciones.
Si uno decide salir a comer solo, lo más probable es que
termine hablando con la gente de las mesas que lo rodean
o incluso con los meseros (que no son más que viajeros
que decidieron quedarse unos meses a trabajar en el pueblo).
Todos tienen alguna historia para compartir. Yo llegué
sola a este pueblo y me hice amigos suizos, suecos, británicos,
escoceses, dominicanos, colombianos, argentinos.
Pero además de extranjeros, los locales también están muy
presentes. La gran mayoría de los jóvenes nativos dedica
su vida al surf. Es que Montañita es considerada la mejor
playa del Ecuador para practicar este deporte, gracias
a sus olas perfectas que pueden alcanzar los 6 metros de
altura. Todos los años se realizan torneos internacionales
de surf, y muchos de los deportistas locales fueron campeones
en alguna ocasión. Tanto los principiantes como los campeones
se animan a correr las olas de Montañita, y muchos organizan
sus días en base a esta actividad: se despiertan bien temprano
y se van al point (la punta de la playa) para aprovechar
las mejores olas, luego almuerzan, descansan un rato bajo
el sol y vuelven al mar a la tarde, cuando la marea sube
y las olas son más definidas.
Pero quienes no practican surf no tienen tiempo de aburrirse.
En las calles se escucha música constantemente y siempre
hay alguien dispuesto a charlar. No hay necesidad de transporte,
el pueblo es muy chico y se llega a todos lados caminando.
Una opción para hacer durante el día es visitar alguna
de las 21 comunas que conforman el camino conocido como
la Ruta
del Sol. Esta ruta empieza en Santa Elena, al sur, y termina
en Puerto Cayo, al norte; y para recorrerla, los colectivos
viajan a pocos metros de la costa del Pacífico.
Durante la noche, Montañita ofrece muchas opciones. Los
viernes comienza a llegar la gente de Guayaquil, y los
fines de semana, el pueblo se llena. Los lugares nocturnos
están en sintonía con el estilo rústico del pueblo: hay
puestitos ambulantes con sillas a los costados que funcionan
como bares callejeros y las discotecas suelen estar construidas
con materiales naturales como caña o paja y con pisos de
arena. Los perros no tienen ningún problema en quedarse
tirados en la arena, en medio de la pista, mientras decenas
de personas bailan y saltan al ritmo de la música en vivo.
Montañita, al ser una comuna, es administrada por los nativos.
Todos se conocen y conviven pacíficamente. No es raro escuchar,
por los altoparlantes de algún camión o puestito, un "mensaje
a la comunidad", al estilo Se extravió la patente
de una moto, por favor, quien la encuentre será recompensado
con una botella de vino; y también Queremos desearle
un muy feliz cumpleaños a Margarita de parte de todos sus
hijos, y para ella es la siguiente canción.
En los '60, Montañita fue un lugar de encuentro para los
hippies, para todos aquellos que buscaban un modo de vida
distinto, más relajado, en contacto con la naturaleza y
fuera del sistema. Hoy pareciera que el tiempo no hubiese
avanzado, este pueblito sigue siendo un paraíso para los
hippies y los viajeros. Si hay algo que aprendí de la gente
de este lugar, es que el tiempo puede sentirse y vivirse
de otra manera. Cuando le conté a un artesano que mi plan
era llegar en 5 o 6 meses a México, sonrió y me dijo: "Yo
estoy viajando hace 8 años y todavía no salí de Sudamérica...
5 meses no es nada". Me hizo darme cuenta de que cada
lugar necesita su tiempo para ser conocido; y tiene razón,
porque ya voy casi 4 meses de viaje y recién estoy en Ecuador…
La sensación que me llevo es que en este pueblo el tiempo
no existe. Cada una de las personas que lo habita tiene
su motivo para quedarse; algunos se instalan para siempre,
otros por algunos meses, muchos se quedan toda una temporada
haciendo surf y varios están unos días y siguen camino. Pero
todos coinciden en que hay cierta vibra o energía que hace
que uno no quiera irse. Yo estuve 10 días y finalmente
me vine a Quito, aunque no fue fácil cambiar mar por sierra
y calor por frío. Y ahora cada vez que me piden que recomiende
un pueblo para visitar en la Ruta del Sol, digo automáticamente
Montañita, pero enseguida agrego: Tené
cuidado con ese lugar, vas a tener ganas de quedarte a
vivir.
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