[ECUADOR] Perú y Ecuador: más que un puente de distancia

Entré a Ecuador con una sonrisa. ¡Ya estoy en el tercer país de mi viaje! Mis últimas horas en Perú habían sido bastante cómicas, especialmente gracias a los taxistas y a los conductores de las combis que me fui cruzando en el trayecto entre Órganos y Aguas Verdes. Cada vez que me iba acercando más a la frontera y debía cambiar obligatoriamente de medio de transporte, aparecía el encargado de la siguiente combi o taxi y, sin dejarme siquiera asentir, sacaba mi mochila de donde estaba y la llevaba automáticamente al nuevo vehículo. Tampoco tenía demasiadas opciones -cualquier turista que esté yendo hacia Tumbes se dirige lógicamente hacia la frontera-, así que me lo tomé con calma y me preparé para cruzar el puente que une (o separa) Perú y Ecuador.

Ya estaba ansiosa por entrar, había escuchado tanto acerca de este país, de sus paisajes, de su diversidad, de su gente. Algunos peruanos que fui conociendo en el camino me dijeron, orgullosos de su gastronomía, que una vez que cruzara el puente me iba a dar cuenta de la diferencia -y superioridad, según ellos- entre la comida peruana y la ecuatoriana. Pero las diferencias que más me llamaron la atención entre estos países vecinos fueron otras

Apenas entré a Ecuador me pasó algo que, después de estar dos meses en Perú, me resultó bastante extraño: no se me acercó ningún taxista para intentar convencerme de que lo tomara, ningún hombre para cambiarme dinero, ningún agente de viajes para ofrecerme algún tour, nada. Caminé varias cuadras... y nada. En Perú, cada vez que ponía un pie en la calle, donde fuera, se me acercaban en malón: "taxi, taxi, ¡miss! ¡¡taxi!!", "señorita, cómpreme una chompita, tengo gorritos también, pruébese estos guantes...", "niña, por favor, una colaboración para la parroquia", "información sobre tours: Machu Picchu, Valle Sagrado, Salineras, ...", "¡señorita! ¡señorita!". Confieso que me sentí un poco desolada.

Por fin se me acercó un hombre que me preguntó a qué parte de Ecuador quería viajar para derivarme a la empresa de transportes correspondiente. Me quedé mirándolo: qué buena pregunta. No tenía idea hacia dónde ir primero, lo único que sabía era que no quería quedarme en la frontera demasiado tiempo. Las opciones eran varias: Quito (que me pareció muy al norte para empezar), Machala (según me dijeron, un centro comercial similar al fronterizo), Guayaquil (la ciudad más grande del país, una buena opción, pero si me iba directo para el oeste me iba a perder parte del sur de Ecuador) y Loja (provincia al sur, conocida como la capital musical de Ecuador). Así que, como quien hace ta-te-ti, saqué pasaje para Loja. La mujer que me vendió el boleto no podía creer que estuviera viajando sola ("¡qué valiente! ¡tan joven y se va sola!") y después de darme mil consejos al mejor estilo madre ("no camine sola de noche, lleve la mochila de mano siempre adelante, tenga cuidado con los billetes falsos, no hable con extraños, no...") me mandó a migraciones a sellar el pasaporte. Como tenía tres horas horas hasta que el colectivo saliera me fui a caminar un rato por Huaquillas (el pueblo fronterizo).

Ecuador es un país dolarizado, pero para que se den una idea, los precios son los siguientes. El alojamiento (un hostel) está entre 4 y 8 dólares la noche, a veces hasta con desayuno incluido; un menú de almuerzo o cena que incluye entrada, plato principal y bebida o postre está entre 1,50 y 3 dólares; el colectivo de larga distancia hasta Loja (casi 7 horas), 5 dólares; una botella de agua, 25 centavos de dólar. Lo más caro, hasta ahora, me resultó internet: alrededor de 1 dólar la hora. Es muy difícil cambiar un billete de 20, y los de 100 dólares casi ni están en circulación. Todos se manejan con billetes de 1, de 5 y con monedas. Me hizo mucha gracia encontrarme con varios negocios de "Todo x 0,50".

Durante el viaje en colectivo descubrí otra diferencia con Perú: la música. Los conductores peruanos ponían cumbia a todo volumen, una cumbia histérica, pasional, gritona y a veces un poco insoportable. La música que pasaron en el trayecto a Loja fue totalmente distinta. Primero, el volumen: no podía creer que si quería escuchar mi mp3, PODÍA, porque la música del colectivo no me taladraba el oído. Segundo, las letras: en Perú las canciones hablaban de una chica que tenía un novio celoso y que no podía dejar que descubriera a su amante o de otra que pedía que le sacaran la botella de cerveza porque ya estaba demasiado borracha, en cambio en Ecuador un señor muy formal le cantaba a su amada y le decía que era la única en su vida, la luz de sus ojos, su mujer por siempre. Aunque me parece que me pusieron esa música para darme la bienvenida, porque en los colectivos que viajé después volví a escuchar la cumbia de siempre.

En Loja no hay mucho para hacer, no es una ciudad demasiado turística, pero es un lindo lugar para empezar. Estuve un día y medio y seguí descubriendo características de este país. En Ecuador no hay plazas de armas como en cada ciudad de Perú, acá hay Parques Centrales, plazas, placitas, parquecitos y muchas iglesias. El tráfico es más tranquilo, pude cruzar la calle sin que me tocaran bocina o intentaran atropellarme. Los ecuatorianos son amables, siempre saludan con un ¡buenos días! y están dispuestos a ayudar a los viajeros. El clima cambia constantemente: sale el sol (fuertísimo), al rato llovizna, después llueve más fuerte, sale el sol otra vez, se nubla, llovizna... Descubrí también por qué Loja es la capital de la música: todos tocan algún instrumento, la primera mañana me despertó alguien en el hostel que estaba practicando con su tuba (creo que nunca conocí a alguien que tocara la tuba).

Más allá de lo bueno y lo malo, Perú es un país que disfruté muchísimo y que me sorprendió constantemente. Estoy segura de que Ecuador, con sus peculiaridades y diferencias, también me va a encantar.

Texto e imágenes: Aniko Villalba © 2008