Viajé los 490 km entre Loja y Cuenca con
un sol espectacular, y apenas me bajé del colectivo y salí
de la terminal, se largó a llover. Pero como descubrí en
Loja, la sierra ecuatoriana es así: llueve, se nubla, sale
el sol, llueve... Así que sin preocuparme demasiado por
un poco de agua, me tomé el transporte público hasta el
centro histórico de la ciudad y me bajé a pocas cuadras
del hostel. Empecé a caminar en busca de la calle Luis
Cordero y me pasó algo entre raro y gracioso. Había una
mujer parada en una esquina, sosteniendo un paraguas; me paré
al lado y mientras esperábamos que el semáforo se pusiera
en verde, me preguntó adónde iba. Al principio la miré
con un poco de desconfianza y no le di mucha información,
solamente le dije que estaba yendo para mi hotel (lo cual
era obvio porque estaba cargada de cosas), pero no di nombres
ni direcciones. Le pregunté por qué y me dijo: "Es que yo voy hasta la Luis Cordero
y tal vez podíamos caminar juntas hasta ahí". Fue
demasiada casualidad. Durante las tres cuadras me preguntó
todo acerca de la educación en Argentina y me contó un
poco sobre la de Ecuador, después yo entré al hotel y ella
siguió su rumbo, como si nada.
Cuando paró de llover salí a caminar por las callecitas
de piedra de esta ciudad colonial, considerada la capital
cultural del Ecuador. El centro de Cuenca se podría recorrer
en pocas horas, pero hay tantos museos, iglesias, parques,
edificios y lugares para ver, que la caminata se interrumpe
constantemente. Al fondo de cada calle hay una construcción
colonial, incluso los hoteles, restaurantes y bares están
construidos con el mismo estilo arquitectónico. Existen
cuatro "rutas" para hacer en el centro de Cuenca:
la ruta de los museos, la de las galerías, la de las iglesias
y la ruta artesanal, cada una con muchísimas y variadas
opciones. Pero no todo se reduce al centro: se puede caminar
bordeando el Río Tomebamba o el Yanucay, o se puede observar
la ciudad en miniatura desde cualquiera de los dos miradores.
Hay, además, varios atractivos a pocos minutos de la ciudad.
A 35 km hacia el oeste está el Parque Nacional Cajas, ubicado
a más de 3000 metros de altura. Cajas viene de la palabra
quechua caxas, que significa frío (¡por algo tiene ese
nombre!), aunque también se dice que el nombre de este
Parque se debe a su geografía: hay más de 200 lagunas y
todas están contenidas en "cajas" formadas por
la tierra. En estas 28 hectáreas de tierra hay una gran
diversidad de flora y fauna y muchísimos bosquecitos escondidos,
con árboles de entre 8 y 10 metros de altura. Es ideal
para caminar, pescar y acampar, aunque hay que ir preparado
para el frío y la lluvia. El paisaje es imponente, el silencio
es abrumador y la sensación de soledad es grande. Los bosques
parecen salidos de una película de misterio, con sus árboles
torcidos, húmedos y llenos de musgo. Otra opción para conocer
son las ruinas incaicas de Ingapirca, a 2 horas de la ciudad.
Cuenca es la tercera ciudad más importante del país, así
que durante el día hay mucho movimiento. De jueves a sábado
hay bastante vida nocturna: restaurantes, bares, discotecas.
Por la calle se ven grandes grupos de amigos, de todas
las nacionalidades, que van de un lado a otro hasta que
deciden en dónde quedarse. Pero los domingos no hay nada
que hacer, son pocos los lugares que abren (incluso durante
el día) y cuando empieza a caer el sol, casi no se ve gente
caminando. El domingo que pasé en Cuenca fue gris y lluvioso,
uno de esos días deprimentes que parecen existir en todas
partes del mundo. Por suerte esa mañana me topé, de casualidad,
con el cierre musical del Festival del Acordeón, parte
del homenaje por los 451 años de la fundación de Cuenca.
Así que me quedé toda la mañana en el Parque Central disfrutando
de la música.
A lo largo del viaje fui cruzándome con viajeros que vienen
a Sudamérica para trabajar como voluntarios en distintos
países y proyectos. En Lima conocí a un grupo de estadounidenses,
canadienses y británicos que estaban ayudando a reconstruir
Pisco tras el terremoto de agosto del año pasado. En Cuenca
conocí a Jack y a Mark, un australiano y un californiano
que están viviendo hace 4 meses en Guayaquil, en casas
de familias ecuatorianas. Ellos forman parte de una organización
internacional y se dedican a trabajar con chicos de la
calle en los barrios más pobres de la ciudad: les enseñan,
juegan, los acompañan. Ambos son parte de un grupo de jóvenes
voluntarios, de entre 18 y 22 años, que vienen de países
como Holanda, Noruega, Alemania, Estados Unidos, Dinamarca
para ayudar. No reciben ninguna remuneración monetaria,
pero su premio es mayor: durante varios meses tienen la
oportunidad de insertarse en otra cultura totalmente distinta,
conocer gente de todas partes del mundo y enriquecerse
con las experiencias de trabajo.
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