Capítulo I: Fue el huevo

Desapareció. De golpe, misteriosamente, sin ningún tipo de explicación. Desde el primer día que puse un pie en Guatemala, el hambre se borró de mi organismo. Será el calor, pensé. Será hasta que me aclimate, me dije. Será que estoy cansada, me convencí.

Durante siete días me dediqué a recorrer el país. Tenía una ruta más o menos prevista y pude llegar a conocer varios de los pueblos que tenía marcados en el mapa. Antigua, ese poblado colonial irreal; el lago de Atitlán y sus habitantes curiosos; el ruidoso mercado de Chichicastenango con todo sus colores; la ruta “de atrás” que lleva del Quiché a Cobán.

Si comía era solamente porque mi cabeza me decía que un ser humano necesita alimentarse para sobrevivir, pero no porque sintiera deseos de hacerlo. No es que no tuviera hambre: la comida, cualquiera fuese, directamente no me tentaba en absoluto. El alimento había dejado de formar parte de mi rutina.

El miércoles (mi viaje había comenzado un domingo) comí huevos dos veces en el día. Una, de desayuno, ya que en estos pueblos es una sana costumbre alimentarse bien por la mañana. La segunda, porque no me quedó opción: estaba viajando de Chichicastenango a Cobán y tuve que hacer noche en Uspantán, un pueblito en el que encontré un sólo lugar donde cenar. Y la única comida que había en el menú incluía huevos. Se me vino la voz de mi mamá a la mente: Ani, no es bueno para el hígado comer tanto huevo. Perdón ma pero hoy no me queda otra. Al día siguiente, el hambre, desaparecida en acción, lentamente fue reemplazada por otro personaje: el asco. Me dije: son los huevos, debería haberlo sabido. Las madres siempre tienen razón.

Después de muchas, largas y complicadas horas de viaje en mini-chicken bus, llegué a Cobán. Tenía planes de salir a conocer la ciudad, pero apenas vi la cama me acosté y me dormí. Eran las seis de la tarde y había empezado a sentir un ligero malestar en todo el cuerpo. Mi diagnóstico: ataque al hígado.

Me desperté a eso de las diez de la noche pero ni siquiera tenía fuerzas para levantarme de la cama, así que decidí seguir durmiendo hasta el día siguiente.

Ojalá hubiese sido tan fácil.

En la mitad de la noche (en realidad no sé qué hora era, pero el hostal estaba completamente a oscuras y en silencio) me desperté de golpe, salté de la cama y fui corriendo al baño. Lo único que quería ver era un inodoro para acostarme al lado y abrazarlo toda la noche.

Me quedé sentada en el piso del baño un largo rato, temblando de frío. No podía moverme: apenas me paraba, las náuseas volvían con más fuerza, y acostarme en la cama me resultaba imposible.

La escena se repitió varias veces, para alegría de mis roommates que dormían plácidamente en las ocho camas de la habitación compartida. No conocía a nadie así que no me atreví a despertarlos, tampoco tenía fuerzas para ir a buscar a alguien del hotel. Quería dormirme y olvidarme de toda la situación.

Por fin, una eternidad después, me acosté, me tapé con tres buzos y dos frazadas y pude dormir hasta la madrugada.

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Texto e imágenes: Aniko Villalba © 2009-2010