Capítulo III: Inseparables

En semejante situación —internada, en otro país y sola— el suero se convirtió en mi mejor amigo y en mi punto de contacto con las enfermeras. Al principio lo colgaron de una especie de palo que pendía del techo para que quedara justo por encima de mi brazo izquierdo. El problema fue la primera vez que tuve ganas de ir al baño (de más está decir que así como el suero entra, también necesita salir, y con bastante frecuencia). Como no había un timbre para llamar a la enfermera ya que el centro médico es muy chiquito, pregunté desde mi cama: “¿Enfermera?”. Como nadie me respondía, repetí un poco más fuerte: “¡Enfermera! ¡Quiero ir al baño!” y ahí vino corriendo la enfermera con quien sería mi compañero durante los próximos días: un “perchero” con ruedas para colgar el suero y poder movilizarme de un lado a otro. Cada vez que iba al baño, el perchero me acompañaba. Cuando recibía una llamada telefónica me trasladaba hasta la recepción, a pocos metros de mi cuarto, y, suero en mano, atendía el teléfono. A donde fuese, ahí iba el suero.

Los primeros dos días (sábado y domingo) no tenía absolutamente nada que hacer. Todas mis cosas habían quedado en el hostal, ya que había salido con lo mínimo indispensable pensando que la visita al médico no sería más que un trámite. No me había llevado ningún libro ni mi mp3 para escuchar algo de música y distraerme. Pedí algo para leer, un diario, lo que sea, y la enfermera me trajo dos revistas: “Padres de hoy” (revista para futuras madres) y “Aguaviva: un renuevo espiritual”.

Así que mi rutina consistía en despertarme a las siete de la mañana para desayunar, mirar el techo durante un par de horas hasta que me llevaran el almuerzo, dormir un rato más, mirar cómo giraba el ventilador, escuchar las voces que venían de afuera, ver cómo bajaba el líquido del suero y movilizarme con el perchero cada vez que recibía una llamada telefónica.

Momentos cúlmine del día: cuando la doctora o la enfermera entraba a mi cuarto para chequear el suero y hablar un ratito, cuando escuchaba el ruido del avión que iba o venía de Guatemala City, cuando tenía que ducharme con agua “al tiempo” (en El Petén a nadie se le ocurriría bañarse con agua caliente).

Justamente en eso estábamos, el suero y yo, disfrutando el baño de agua al tiempo, cuando la enfermera me dijo que la doctora quería hablarme y me pasó su celular. ¿Qué puede ser tan urgente como para tener que hablar bajo la ducha? “Chica! Ya le hicimos el análisis de sangre. Le dio positivo el dengue, fíjese usted”. ¿EH? ¿Dengue? Casi me desmayo.

Capítulo IV: ¡Enfermera! ¡Quiero ir al baño! ¡Enfermera! ¡Se me salió el suero! ¡Enfermeraaa! ¡Me aburro! >>

Texto e imágenes: Aniko Villalba © 2009-2010