En semejante situación —internada, en otro país y sola—
el suero se convirtió en mi mejor amigo y en mi punto de
contacto con las enfermeras. Al principio lo colgaron
de una especie de palo que pendía del techo para que
quedara justo por encima de mi brazo izquierdo. El problema
fue la primera vez que tuve ganas de ir al baño (de más
está decir que así como el suero entra, también necesita
salir, y con bastante frecuencia). Como no había un timbre
para llamar a la enfermera ya que el centro médico es
muy chiquito, pregunté desde mi cama: “¿Enfermera?”.
Como nadie me respondía, repetí un poco más fuerte: “¡Enfermera!
¡Quiero ir al baño!” y ahí vino corriendo la enfermera
con quien sería mi compañero durante los próximos días:
un “perchero” con ruedas para colgar el suero y poder
movilizarme de un lado a otro.
Cada vez que iba al baño, el perchero me acompañaba. Cuando
recibía una llamada telefónica me trasladaba hasta la recepción,
a pocos metros de mi cuarto, y, suero en mano, atendía el
teléfono. A donde fuese, ahí iba el suero.
Los primeros dos días (sábado y domingo) no tenía absolutamente
nada que hacer. Todas mis cosas habían quedado en el hostal,
ya que había salido con lo mínimo indispensable pensando
que la visita al médico no sería más que un trámite. No
me había llevado ningún libro ni mi mp3 para escuchar algo
de música y distraerme. Pedí algo para leer, un diario,
lo que sea, y la enfermera me trajo dos revistas: “Padres
de hoy” (revista para futuras madres) y “Aguaviva: un renuevo
espiritual”.
Así que mi rutina consistía en despertarme a las siete
de la mañana para desayunar, mirar el techo durante un
par de horas hasta que me llevaran el almuerzo, dormir
un rato más, mirar cómo giraba el ventilador, escuchar
las voces que venían de afuera, ver cómo bajaba el líquido
del suero y movilizarme con el perchero cada vez que recibía
una llamada telefónica.
Momentos cúlmine del día: cuando la doctora o la enfermera
entraba a mi cuarto para chequear el suero y hablar un
ratito, cuando escuchaba el ruido del avión que iba o venía
de Guatemala City, cuando tenía que ducharme con agua “al
tiempo” (en El Petén a nadie se le ocurriría bañarse con
agua caliente).
Justamente en eso estábamos, el suero y yo, disfrutando
el baño de agua al tiempo, cuando la enfermera me dijo
que la doctora quería hablarme y me pasó su celular. ¿Qué
puede ser tan urgente como para tener que hablar bajo la
ducha? “Chica! Ya le hicimos el análisis de sangre. Le
dio positivo el dengue, fíjese usted”. ¿EH? ¿Dengue? Casi
me desmayo.

Capítulo
IV: ¡Enfermera! ¡Quiero ir al baño!
¡Enfermera! ¡Se me salió el suero! ¡Enfermeraaa! ¡Me aburro! >>
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