Capítulo II: Hay que internar

Al día siguiente me despertó la alarma de mi celular. La había puesto a las siete para levantarme temprano e ir a Semuc Champey, a pocos kilómetros de Cobán. Según dicen, uno de los lugares más lindos de Guatemala. Yo seguía convencida de que lo mío había sido algo hepático, así que fui a la farmacia y le pedí al farmacéutico que me diera algo para aliviar el malestar.

Todo el episodio de la noche anterior me había hecho odiar Cobán. Sin ninguna razón, claro, pero a veces uno pasa momentos desagradables en lugares que no lo son y quiera o no los termina asociando en el recuerdo. Cuando me enteré de que a las diez salía un servicio de shuttle (aquí un shuttle o combi es casi algo de lujo) “puerta a puerta” hacia Flores decidí irme directamente a conocer las ruinas de Tikal, al norte del país, y dejar Semuc Champey para la vuelta.

El famoso shuttle fue lo menos cercano al lujo que experimenté, creo que hubiera preferido hacer las seis horas de camino en el chicken bus. Los kilómetros que separan Cobán de Flores, una pequeña isla ubicada en el lago de Petén Itzá, en El Petén, son terriblemente calurosos. Hablo de un calor pesado, aplastante, sofocante. El shuttle, un minibus, iba desbordado de turistas, éramos por lo menos treinta. ¿Aire acondicionado? Bien, gracias. Aquí el único aire es el calor que entra por la ventana.

Lo único que hice durante el viaje fue tomar líquido para mantenerme hidratada. Mi plan era visitar Tikal al día siguiente y quería estar bien. Pero el malestar aumentaba y la fiebre me subía de a poco, aunque yo no me daba cuenta. Estoy acostumbrada a esa fiebre que da frío, que hace tiritar y nos congela por dentro; y yo sentía un calor que me hacía explotar la cabeza. Culpé al clima, a la ruta, a la gente, al conductor, a los árboles, al sol. De más está decir que no comí absolutamente nada en todo el viaje.

Después de quedarnos parados varias veces en la ruta, llegamos a Flores. Otra vez, lo primero que hice al llegar al hostal fue abalanzarme hacia la cama. Esta vez me di cuenta de que algo no andaba bien, mi estado ya no era normal, así que decidí ir a ver a un médico.

Tomé un tuc tuc (mototaxi) a Santa Elena, el pueblo adyacente a Flores, y le pedí al ¿mototaxista? que me llevara a una de las clínicas del Dr. Baldizón, que era la que me había recomendado la dueña de mi hostal. El viaje no duró ni cinco minutos. El taxista frenó: “Aquí es”, y se fue. Adelante mío, una casa blanca de una sola planta, y en la pared de afuera, letras pintadas con los nombres de los médicos y del establecimiento: Centro Médico Maya. La reja estaba abierta así que entré. Me recibió Sandra, la que después sería mi enfermera, y me hizo sentar mientras llamaba a la doctora. Miré el reloj: las siete de la tarde. Era sábado.

La doctora me hizo pasar a su despacho y me examinó. Diagnóstico: 38 grados y medio de fiebre, infección intestinal y deshidratación. “Me parece que lo mejor es internarla y darle suero al menos por 12 o 24 horas para que no se me desmaye, no sé usted qué opina...” Y sí, no me quedaba otra. Así que en unos segundos pasé del consultorio a una habitación. Bata, cama, pinchazo, suero y hasta mañana.

Capítulo III: Inseparables >>

Texto e imágenes: Aniko Villalba © 2009-2010