Al día siguiente me despertó la alarma de mi celular.
La había puesto a las siete para levantarme temprano e
ir a Semuc Champey, a pocos kilómetros de Cobán. Según
dicen, uno de los lugares más lindos de Guatemala. Yo seguía
convencida de que lo mío había sido algo hepático, así
que fui a la farmacia y le pedí al farmacéutico que me
diera algo para aliviar el malestar.
Todo el episodio de la noche anterior me había hecho odiar
Cobán. Sin ninguna razón, claro, pero a veces uno pasa
momentos desagradables en lugares que no lo son y quiera
o no los termina asociando en el recuerdo. Cuando me enteré
de que a las diez salía un servicio de shuttle (aquí un
shuttle o combi es casi algo de lujo) “puerta a puerta”
hacia Flores decidí irme directamente a conocer las ruinas
de Tikal, al norte del país, y dejar Semuc Champey para
la vuelta.
El famoso shuttle fue lo menos cercano al lujo que experimenté,
creo que hubiera preferido hacer las seis horas de camino
en el chicken bus. Los kilómetros que separan Cobán de
Flores, una pequeña isla ubicada en el lago de Petén Itzá,
en El Petén, son terriblemente calurosos. Hablo de un calor
pesado, aplastante, sofocante. El shuttle, un minibus,
iba desbordado de turistas, éramos por lo menos treinta.
¿Aire acondicionado? Bien, gracias. Aquí el único aire
es el calor que entra por la ventana.
Lo único que hice durante el viaje fue tomar líquido para
mantenerme hidratada. Mi plan era visitar Tikal al día
siguiente y quería estar bien. Pero el malestar aumentaba
y la fiebre me subía de a poco, aunque yo no me daba cuenta.
Estoy acostumbrada a esa fiebre que da frío, que hace tiritar
y nos congela por dentro; y yo sentía un calor que me hacía
explotar la cabeza. Culpé al clima, a la ruta, a la gente,
al conductor, a los árboles, al sol. De más está decir
que no comí absolutamente nada en todo el viaje.
Después de quedarnos parados varias veces en la ruta,
llegamos a Flores. Otra vez, lo primero que hice al llegar
al hostal fue abalanzarme hacia la cama. Esta vez me di
cuenta de que algo no andaba bien, mi estado ya no era
normal, así que decidí ir a ver a un médico.
Tomé un tuc tuc (mototaxi) a Santa Elena, el pueblo adyacente
a Flores, y le pedí al ¿mototaxista? que me llevara a una
de las clínicas del Dr. Baldizón, que era la que me había
recomendado la dueña de mi hostal. El viaje no duró ni
cinco minutos. El taxista frenó: “Aquí es”, y se fue. Adelante
mío, una casa blanca de una sola planta, y en la pared
de afuera, letras pintadas con los nombres de los médicos
y del establecimiento: Centro Médico Maya. La reja estaba
abierta así que entré. Me recibió Sandra, la que después
sería mi enfermera, y me hizo sentar mientras llamaba a
la doctora. Miré el reloj: las siete de la tarde. Era sábado.
La doctora me hizo pasar a su despacho y me examinó. Diagnóstico:
38 grados y medio de fiebre, infección intestinal y deshidratación.
“Me parece que lo mejor es internarla y darle suero al
menos por 12 o 24 horas para que no se me desmaye, no sé
usted qué opina...” Y sí, no me quedaba otra. Así que en
unos segundos pasé del consultorio a una habitación. Bata,
cama, pinchazo, suero y hasta mañana.
Capítulo
III: Inseparables >>
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