—¿Dengue? Aquí todo el mundo tiene, a mí me dio a los 17
años. La gente viene al hospital y se va con su receta nomás.
No se preocupe que no es tan grave, en unos días se le va
con los medicamentos y el reposo.
Sandra, la más joven de las dos enfermeras, se ríe otra
vez. Tiene 25 años y es curiosa. Desde que llegué me cuenta
cosas: que hay tres recién nacidos en la clínica, que uno
pesa cinco libras, que un señor le mandó flores a la mujer
que está internada, que la noche anterior llegó una mujer
muy mal y la iban a tener que operar. Me pregunta de dónde
soy, si estoy casada, si tengo hijos, si vivo en Europa,
si me gusta Guatemala. Ella y otra enfermera hacen turnos
de 24 horas, así que me toca un día con cada una.
De mi enfermera número dos no sé casi nada. Sólo que es
bajita y callada. Ella entra con el desayuno y me manda
a lavarme los dientes antes de comer, cuando termino de
almorzar me dice que me bañe, retira mi bandeja y me dice
que comí muy poco. Siempre usando la menor cantidad de
palabras posibles, pero con una ternura de abuela que me
resulta adorable. A la noche acerca un silloncito a la
puerta de mi habitación y se queda durmiendo ahí afuera,
a pocos metros de mi cama, por si necesito algo. Una tarde,
cuando la clínica está en silencio, se acerca al pie de
mi cama y, sin que yo le pregunte, me cuenta historias
de su familia, de su hija, de su nieto, de su vida. Cuando
termina de hablar desestima todo, pensando que tal vez
me aburría, y me dice: "Perdone, es que me gusta mucho
platicar", y se va, tan silenciosa como siempre.
Todos creen que mi estadía en la clínica fue aburrida,
y yo la viví como una de las mejores partes de mi breve
viaje por Guatemala. ¿Por qué? Primero porque apenas me
pusieron el suero empecé a sentirme mejor, y segundo porque
las enfermeras y la doctora me hicieron sentir muy apreciada
y me permitieron estar en contacto verdaderamente con la
cultura del lugar, sin disfraces turísticos. Mi cama fue
el lugar perfecto para espiar el comportamiento y el modo
de ser de la gente de este pequeño país. No, no es tan
terrible estar internada y sola en otro país. No es tan
terrible cuando uno está rodeada de gente cálida y amable
como la que tuve la suerte de conocer. Lo bueno de estar
en una clínica tan chiquita (debe haber espacio para menos
de diez pacientes) es que todos conocen a todos, y la persona
que viene de otro país es la estrella del lugar.
Mi doctora me decía que yo era "más solicitada que
los diputados", ya que recibía mínimo cinco llamados
telefónicos por día. Cuando atendía la enfermera número
dos, lo único que escuchaba desde el final del pasillo
era: “..niko... léfono...” y me iba corriendo con el suero
a atender. Mi enfermera número uno, en cambio, se asomaba
a mi habitación y me informaba con lujo de detalles quién
me estaba llamando, y si no sabía, adivinaba. La primera
vez que llamó mi novio entró con una sonrisa cómplice y
me dijo, con tono de amiga adolescente: "La llama
su nooovio". Y se rió.
Lo único que puede haberme faltado fue recibir visitas.
Pero el miércoles, mi última noche en la clínica, me cayó
del cielo una nueva amiga. Angélica, guatemalteca de 12
años, entró a mi cuarto sin pedir permiso, agarrando su
carterita con las dos manos, con un aire de mujer adulta
y preocupada. Estaba nerviosa, hiperquinética, caminaba
de un lado a otro, se apoyaba en el borde de mi cama, después
se sentaba, al rato se bajaba y espiaba por la puerta hacia
afuera. Su mamá estaba embarazada de nueve meses y al parecer
la vida de su futura hermanita corría peligro. Angélica
había viajado con su mamá tres horas para llegar al centro
médico, ella era la única que la acompañaba: su papá estaba
trabajando en Estados Unidos y sus hermanitos eran demasiado
chicos y se habían quedado en casa.
Durante media hora, Angélica me habló de la muerte. "Aquí
en Guatemala hay un río con lagartos que se lo comen vivo
a uno", "Existe una araña que pica y lo deja
seco a uno", "A mi tío lo pararon en la ruta
para robarle y casi lo matan, pero lo dejaron ir", "El
otro día violaron y mataron a tres nenas en una casa".
Sin que yo le pidiera, me contó decenas de historias y
probables mitos urbanos de su país, además de preguntarme
si en mi país pasaban las mismas cosas. Casi 40 minutos
después, escuchamos el llanto de su hermanita recién nacida.
Angélica respiró, se tranquilizó y me dijo, sonriendo: "Qué
bonita, cómo chilla". Acto seguido me habló de embarazos,
nacimientos, bebés... en fin, de la vida. Cuando se fue
prometió volver a la mañana siguiente para despedirme antes
de que me fuera a tomar el avión hacia Argentina. Le dije: "Mire
que me voy a las 7" (el trato entre nosotras siempre
fue formal), y ella me respondió: "No se preocupe,
6 y media estoy aquí".
Capítulo
V: Repatriación sanitaria >>
|