Capítulo IV: ¡Enfermera! ¡Quiero ir al baño! ¡Enfermera! ¡Se me salió el suero! ¡Enfermeraaa! ¡Me aburro!


—¿Dengue? Aquí todo el mundo tiene, a mí me dio a los 17 años. La gente viene al hospital y se va con su receta nomás. No se preocupe que no es tan grave, en unos días se le va con los medicamentos y el reposo.

Sandra, la más joven de las dos enfermeras, se ríe otra vez. Tiene 25 años y es curiosa. Desde que llegué me cuenta cosas: que hay tres recién nacidos en la clínica, que uno pesa cinco libras, que un señor le mandó flores a la mujer que está internada, que la noche anterior llegó una mujer muy mal y la iban a tener que operar. Me pregunta de dónde soy, si estoy casada, si tengo hijos, si vivo en Europa, si me gusta Guatemala. Ella y otra enfermera hacen turnos de 24 horas, así que me toca un día con cada una.

De mi enfermera número dos no sé casi nada. Sólo que es bajita y callada. Ella entra con el desayuno y me manda a lavarme los dientes antes de comer, cuando termino de almorzar me dice que me bañe, retira mi bandeja y me dice que comí muy poco. Siempre usando la menor cantidad de palabras posibles, pero con una ternura de abuela que me resulta adorable. A la noche acerca un silloncito a la puerta de mi habitación y se queda durmiendo ahí afuera, a pocos metros de mi cama, por si necesito algo. Una tarde, cuando la clínica está en silencio, se acerca al pie de mi cama y, sin que yo le pregunte, me cuenta historias de su familia, de su hija, de su nieto, de su vida. Cuando termina de hablar desestima todo, pensando que tal vez me aburría, y me dice: "Perdone, es que me gusta mucho platicar", y se va, tan silenciosa como siempre.

Todos creen que mi estadía en la clínica fue aburrida, y yo la viví como una de las mejores partes de mi breve viaje por Guatemala. ¿Por qué? Primero porque apenas me pusieron el suero empecé a sentirme mejor, y segundo porque las enfermeras y la doctora me hicieron sentir muy apreciada y me permitieron estar en contacto verdaderamente con la cultura del lugar, sin disfraces turísticos. Mi cama fue el lugar perfecto para espiar el comportamiento y el modo de ser de la gente de este pequeño país. No, no es tan terrible estar internada y sola en otro país. No es tan terrible cuando uno está rodeada de gente cálida y amable como la que tuve la suerte de conocer. Lo bueno de estar en una clínica tan chiquita (debe haber espacio para menos de diez pacientes) es que todos conocen a todos, y la persona que viene de otro país es la estrella del lugar.

Mi doctora me decía que yo era "más solicitada que los diputados", ya que recibía mínimo cinco llamados telefónicos por día. Cuando atendía la enfermera número dos, lo único que escuchaba desde el final del pasillo era: “..niko... léfono...” y me iba corriendo con el suero a atender. Mi enfermera número uno, en cambio, se asomaba a mi habitación y me informaba con lujo de detalles quién me estaba llamando, y si no sabía, adivinaba. La primera vez que llamó mi novio entró con una sonrisa cómplice y me dijo, con tono de amiga adolescente: "La llama su nooovio". Y se rió.

Lo único que puede haberme faltado fue recibir visitas. Pero el miércoles, mi última noche en la clínica, me cayó del cielo una nueva amiga. Angélica, guatemalteca de 12 años, entró a mi cuarto sin pedir permiso, agarrando su carterita con las dos manos, con un aire de mujer adulta y preocupada. Estaba nerviosa, hiperquinética, caminaba de un lado a otro, se apoyaba en el borde de mi cama, después se sentaba, al rato se bajaba y espiaba por la puerta hacia afuera. Su mamá estaba embarazada de nueve meses y al parecer la vida de su futura hermanita corría peligro. Angélica había viajado con su mamá tres horas para llegar al centro médico, ella era la única que la acompañaba: su papá estaba trabajando en Estados Unidos y sus hermanitos eran demasiado chicos y se habían quedado en casa.

Durante media hora, Angélica me habló de la muerte. "Aquí en Guatemala hay un río con lagartos que se lo comen vivo a uno", "Existe una araña que pica y lo deja seco a uno", "A mi tío lo pararon en la ruta para robarle y casi lo matan, pero lo dejaron ir", "El otro día violaron y mataron a tres nenas en una casa". Sin que yo le pidiera, me contó decenas de historias y probables mitos urbanos de su país, además de preguntarme si en mi país pasaban las mismas cosas. Casi 40 minutos después, escuchamos el llanto de su hermanita recién nacida. Angélica respiró, se tranquilizó y me dijo, sonriendo: "Qué bonita, cómo chilla". Acto seguido me habló de embarazos, nacimientos, bebés... en fin, de la vida. Cuando se fue prometió volver a la mañana siguiente para despedirme antes de que me fuera a tomar el avión hacia Argentina. Le dije: "Mire que me voy a las 7" (el trato entre nosotras siempre fue formal), y ella me respondió: "No se preocupe, 6 y media estoy aquí".

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Texto e imágenes: Aniko Villalba © 2009-2010