Colombia es un país que suscita miedos, dudas y sobre
todo polémica. ¿Qué me dijeron acerca del cruce Tulcán-Ipiales
(Ecuador-Colombia)? De todo. Desde que salí de Buenos Aires
fui escuchando comentarios acerca de esta frontera, especialmente
cuando estalló el conflicto entre ambos países en marzo
de 2008. Me dijeron cosas tan disímiles como: "Las
empresas de transporte turístico tienen un acuerdo con
la guerrilla para que las dejen circular sin problemas
por las rutas", "A la guerrilla le interesa secuestrar
turistas para ganar presencia en los medios internacionales", "Si
querés ir por tierra tenés que pagar un seguro de U$S 100,
te conviene tomar un avión", "No te preocupes,
a la guerrilla solamente le interesa la gente adinerada
de Colombia", y así decenas de comentarios.
Obviamente el peligro existe, como en cualquier frontera,
pero en aquel momento lo más sensato me pareció indagar
a los viajeros que me iba cruzando y que habían pasado
por la zona recientemente. En Baños (Ecuador) conocí a
dos quiteños que habían viajado a Colombia hacía pocos
meses, les pregunté qué tan peligroso era ir por tierra
y me dijeron que no me preocupara porque toda la ruta Panamericana
(la que lleva a las principales ciudades) estaba bajo control
militar. En Quito, una chica chilena me contó que en la
terminal de Tulcán, hacía pocos días, habían drogado a
una turista para robarle todo lo que tenía. Pero fue un
caso aislado. En general, la gran mayoría de los que ya
habían pasado por ahí me aseguraron que no tuviera miedo,
que era una frontera como cualquier otra y que había que
mantenerse alerta como en todos lados. Así que decidí hacer
el trayecto Quito (Ecuador) - Cali (Colombia) por tierra:
me esperaban 16 horas de viaje.
La noche en Tulcán y la entrada a Colombia
Salí de Quito al mediodía y llegué a Tulcán a eso de las
6 de la tarde. Como ya estaba oscureciendo decidí pasar
mi última noche en aquel pueblito de Ecuador. De todos
los pueblos de frontera que conocí en Sudamérica, Tulcán
me pareció el "menos peor". En la frontera Tumbes-Huaquillas
(Perú-Ecuador) sentí un ambiente mucho más pesado y peligroso
que ahí. A la mañana siguiente agarré mis cosas y me tomé
la combi que me dejaría en “LA” frontera. ¿Si iba nerviosa?
Sí, un poco, pero no tanto por el fantasma de las FARC,
sino por estar a punto de entrar a un país nuevo con códigos
desconocidos y gente con otras costumbres.
El trámite fue bastante sencillo. Sellé la salida de Ecuador
y crucé el puente internacional de Rumichaca para entrar
a Colombia. No había demasiada gente: algunos colombianos
que cruzaban hacia Ecuador, un grupito de mochileros que
entraba a Colombia, personas ofreciendo cambio de dinero
y muchos taxistas desparramados por ahí. Cuando llegué
a la ventanilla de migraciones, lo primero que me preguntaron
era cuántos días pensaba estar en el país. Pedí 60 y me
miraron con cara rara, me preguntaron de qué país venía,
y sin decirme sí o no agarraron mi pasaporte y lo sellaron.
Lo miré: 60 días de estadía. Sonreí. Mejor tener días de
más que de menos. Salí de migraciones y pasé caminando
por un puesto de control militar, me quedé parada esperando
que me revisaran la mochila o miraran mi pasaporte, pero
nada. Solamente me dijeron: "Siga, bienvenida a Colombia".
Experiencia en la terminal
Cuando llegué a la terminal de Ipiales se me abalanzaron
para ofrecerme pasajes a todos los destinos posibles. Esta "invasividad" me
hizo acordar a Perú, donde también me ofrecían viajes,
pasajes y tours constantemente. Un hombre me ofreció pasaje
a Cali, le dije que sí y me dijo que lo siguiera, e inmediatamente
apareció otro que me ofreció lo mismo y me dijo "no
vaya para allá, cuidado que le quiere robar". Probablemente
la intención del segundo hombre era robarle la clientela
al primero, pero de todos modos decidí alejarme de ambos
y preguntarle a un policía cuánto costaba un pasaje a Cali
antes de comprarlo. Finalmente se lo compré al primer hombre,
que resultó ser honesto.
Con mi pasaje en mano y media hora de espera, decidí ir
a desayunar. Pregunté en algunos de los restaurantes de
la terminal qué servían y todos me respondieron algo así
como "carne con arroz" (no es lo que acostumbro
comer a las 8 de la mañana). Lo mejor que encontré, a mi
gusto, fueron "huevos pericos” con queso, arepas,
mantequilla y café. Me senté, pedí eso y al rato le pregunté
al mozo, casi en secreto, qué eran los huevos pericos: "Huevos
revueltos con tomate y cebolla".
El viaje en colectivo hacia Cali
A las 9 salió el colectivo y durante las 11 horas de recorrido
fui descubriendo diferencias entre el país que acababa
de dejar y el nuevo al que estaba entrando. La vegetación
de Colombia es más tropical, los colores de las flores
y de las hojas me parecieron aún más intensos y el clima
mucho más caliente. Vi muchísimas más palmeras que en Ecuador
y flores muy exóticas. El paisaje que se veía por la ventana
me impresionó: el colectivo iba por las montañas y cruzaba
ríos y pueblitos escondidos. En cada parada se subían mujeres
ofreciendo frutas y bebidas. La alegría de la gente se
sentía en el aire.
Algo que me llamó la atención desde el principio (y me
gustó mucho) fue la forma de hablar de los colombianos.
Más allá de su acento, me pareció muy curioso que utilizaran
tres maneras distintas de dirigirse a los demás: "tu", "vos" y "usted".
El "usted" se usa como muestra de formalidad,
pero también se utiliza en las charlas informales entre
padres e hijos, hermanos, amigos o novios. El "vos" es
más neutro y se usa cuando el nivel de confianza no es
tan alto, y el "tu" se usa entre amigos. Aunque,
por lo que estuve escuchando, las tres palabras se alternan
indistintamente y cada ciudad tiene sus propias reglas
lingüísticas.
La llegada
Siempre lleva unos días amoldarse a un nuevo lugar, y al
principio me costó entrar en la sintonía colombiana porque
venía acostumbrada a la vida en Ecuador. En Colombia las
distancias son mucho más largas, los trayectos entre las
principales ciudades llevan varias horas (por ejemplo,
ir de Cali a Bogotá son 10 horas, de Bogotá a Medellín
unas 9, de Medellín a Cartagena como 20), no como en Ecuador
que en 4 o 5 horas se llegaba a cualquier lado. La comida
también es distinta y las carnes tienen tantas formas de
ser preparadas que a veces no sé qué es lo que estoy pidiendo.
El alojamiento, la comida, el transporte, todo es más caro
en comparación con Ecuador, Perú y Bolivia.
Llegué a Cali de noche, después de un viaje agotador,
con muchas ganas de descansar y de prepararme para conocer
este país del que todos los viajeros se enamoran.
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