El ambiente caleño
Sentí algo raro durante mi estadía en Cali: a pesar de
ser la tercera ciudad más poblada del país (después de
Bogotá y Medellín), e incluso una de las 150 mayores conurbaciones
del mundo, el ambiente que se respira es más de pueblo
que de gran ciudad. Con algo más de 2 millones de habitantes,
la capital del Valle del Cauca ostenta casas bajas, pocos
edificios y un paisaje de sierras de fondo. Las calles
parecen tranquilas, casi adormecidas, sin embargo, Cali
es considerada más insegura que Bogotá y Medellín. Con
una temperatura media de 26°C, en este lugar el calor se
siente a toda hora y los mosquitos no dejan a los visitantes
en paz. Como descubrí en la mayoría de las ciudades cercanas
a la línea del Ecuador, en Cali no hay diferencia entre
una estación y otra: acá, como en Guayaquil, o hace calor
(mucho) o llueve.
Dediqué varios días a caminar por esta ciudad. Como dije,
me sentí más en un pueblo que en una gran urbanización.
La gente que uno se cruza por la calle es muy amable, todos
están dispuestos a contestar preguntas de cualquier tipo
con una sonrisa y a dar indicaciones para que uno llegue
a destino. Los hombres tratan a (todas) las mujeres de "reinita,
preciosa, mi amor". Y por cualquier lugar de la ciudad
que uno camine se siente una especie de amistosidad, como
si todos se conocieran de siempre y Cali no fuera más que
una gran comunidad.
Dèjá vu de día, fiesta de noche
Durante el día, la sensación que me dio es que no pasaba
demasiado. Cada mañana, cuando iba en busca de algo para
desayunar, la rutina se repetía. Salía a la calle, muerta
de calor, y la poca gente que me cruzaba en el trayecto
era siempre la misma: a la derecha, un grupo de albañiles
que estaban arreglando una casa; en la esquina, una señora
sentada en la vereda, al lado de su quiosquito móvil, ofreciendo "minutos" (así
le llaman a las llamadas a celular y hay muchos puestitos
callejeros que funcionan de locutorios móviles); dando
la vuelta, una panadería y la voz de una mujer que repetía
incansablemente "A la orden, ¿qué le sirvo?";
y en la calle de enfrente, siempre, un borracho que me
gritaba "¡Pili! ¡Pili! ¡Hola Pili!" mientras
me sonreía y me saludaba desesperadamente con la mano.
Es que en Cali lo importante sucede de noche, no por nada
la llaman la capital de la salsa. Hay muchos bares y boliches
para elegir, lo malo es que, por disposición del gobierno
de la ciudad, todos deben cerrar a las dos de la mañana.
Pero, como siempre, la trampa a la ley no tardó en aparecer:
Andresito, en las afueras de la ciudad, es un distrito
que sigue de fiesta hasta la madrugada.
Otra vez la gran ciudad
Bogotá, ubicada a unas nueve horas al noreste de Cali,
está ubicada a 2640 metros de altura y asentada sobre lo
que alguna vez fue un lago. Su temperatura promedio es
de 14°C y acá tampoco existen las estaciones: de día hace
calor o llueve y de noche siempre hace frío. Y con sus
8 millones de habitantes y sus 1732 km2, el aire que se
respira en Bogotá sí es el de una gran ciudad. El Distrito
Capital está dividido en 20 localidades y en estas hay
más de 1200 barrios en total. Es imposible conocer todo
en una semana, pero al ir caminando por distintas zonas
uno puede hacerse una idea de cómo es esta linda ciudad.
Pasé los primeros días en La Candelaria, el barrio más
antiguo y cultural de Bogotá. La arquitectura consta de
casas bajas, de colores, con amplios patios centrales y
techos altos, y calles angostas y adoquinadas que por momentos
me hacían sentir en San Telmo. Hay muchas iglesias, museos
(entre ellos el excelente Museo Botero), bares, restaurantes,
teatros, bibliotecas, universidades, y, al igual que San
Telmo, esta zona es una de las preferidas por los viajeros
de todo el mundo.
Caminando se llega a la Plaza Bolívar, una especie de Plaza
de Mayo donde se encuentra la Catedral, el Palacio de Justicia
y el Capitolio Nacional. Las construcciones están dispuestas
alrededor de un cuadrado central, por todos lados hay vendedores
ambulantes ofreciendo todo tipo de productos (incluidos
los muñecos de "Uribito", réplicas pequeñas del
Presidente).
Vida callejera
Recorrí otros sectores de la ciudad con mi amigo Mauricio,
un bogotano que vivió cuatro años en Buenos Aires y decidió
regresar a su país hace pocos meses. Él mismo se sorprendió
con los cambios que sufrió la ciudad durante sus cuatro
años de ausencia: "Las veredas son más anchas, pusieron
ciclovías y shoppings por todos lados y hay muchos más
espacios verdes… Todo se ve más lindo, a uno le dan ganas
de estar en la calle".
Tal vez hay muchos que creen, por desconocimiento, que
los colombianos pasan la mayor parte del día encerrados
en sus casas con miedo a salir, pero lo que ocurre es totalmente
lo contrario. Los bogotanos están siempre en la calle,
salen a tomar café y a comer, caminan por las avenidas
y miran vidrieras, se relajan en los parques, pasean en
bicicleta, visitan los incontables puestos de artesanías
y museos, asisten a algún recital o festival gratuito,
o simplemente se sientan por ahí a tomar sol y charlar.
Una característica que me resulta muy simpática es la
cantidad de puestos callejeros de comida que hay por la
ciudad. Los "menúes" que más se repiten son:
perros calientes con todo (y por "todo" me refiero
a jamón, queso, salsas, tocino, cebolla y papas rebalsar),
hamburguesas, arepas rellenas con lo que venga (queso,
pollo, chorizo, champignones, huevo, camarones, carne,
vegetales) y obleas (dos tapas de oblea redondas con dulce
de leche, salsa de mora y crema entremedio). También hay
carritos que venden ensalada de frutas en vasito o rodajas
de fruta en bolsitas, listas para comer (algo que me parece
muy cómodo).
La calidez de los colombianos
Bogotá es una de las ciudades preferidas de los viajeros
que andan de visita por Sudamérica; y como ciudad lo tiene
todo: (muchísima) cultura, arte, naturaleza, vida nocturna
y gente cálida, simpática y amable. A veces uno cree que
los habitantes de una gran ciudad son más fríos, distantes
o anónimos, pero los colombianos siempre están dispuestos
a ayudar o a conversar y tienen un optimismo que ninguna
crisis puede destruir.
En Colombia se repite algo que fui notando en todos los
países que se dividen en serranía y costa: la "rivalidad" entre
los habitantes de uno y otro lugar. La sentí en Perú, la
sentí en Ecuador y ahora comienzo a percibirla en Colombia.
Sin embargo, sigo sosteniendo, no sé hasta qué punto es
real: esta rivalidad parece ser una característica que
existe en todos los países que albergan geografías muy
marcadas y distintas en su interior. Y si las variaciones
climáticas son capaces de crear un estado de ánimo particular
en la población, es lógico que distintas disposiciones
geográficas generen modos contrarios de organizarse y de
vivir. Siempre que haya diferencias habrá cierta competencia,
pero, a mi parecer, este enfrentamiento es una manera de
conservar las tradiciones y costumbres de cada sector.
Más allá de esta pregonada rivalidad, lo cierto es que
en Colombia también existen diferencias, como en todos
lados, entre costeños y serranos: hablan de otra manera
(los bogotanos, por ejemplo, se tratan casi todo el tiempo
de “usted”), escuchan otra música, tienen otros platos
típicos y sus actividades diarias varían. Pero es parte
de la riqueza y diversidad de este país.
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