Ya nos quedan pocas horas en Bolivia. En estas tres semanas,
a pesar de que me faltó conocer varios lugares, aprendí
muchísimo acerca de Bolivia, sus paisajes y su gente.
Bolivia es un país de contrastes. La gente del altiplano
es muy distinta a la de las yungas: los primeros son más
tímidos, reservados, respetuosos; en cambio la gente que
conocí en la selva, tanto en Coroico (especialmente en
Tocaña) como en Rurre, me pareció más expresiva, menos
introvertida. Aunque, por supuesto, hay todo tipo de gente
en todos lados. En general sentí mucha calidez y amabilidad
por parte de los bolivianos; otros me trataron con indiferencia
y algunos hasta con resentimiento. Por ejemplo, un taxista
en Coroico me dijo que los argentinos hacemos quedar mal
a nuestro país en el exterior porque siempre queremos pagar
menos por todo; un transeúnte en Oruro se enojó cuando
vio que un amigo le estaba sacando una foto a una señora
que estaba sentada en la calle (nos dijo algo así como
que buscábamos desprestigiar a su país frente al mundo).
En uno de los tantos viajes en colectivo, un residente
de Coroico nos preguntó para qué veníamos a su país, cuando
le dijimos que queríamos conocer nos preguntó si no buscábamos
nada más y después agregó que mucha gente en Bolivia cree
que venimos a ver el país para, a largo plazo, comprarlo.
Pero estas situaciones fueron las menos. En general todas
las personas con las que charlé me preguntaron cosas de
Argentina y querían saber qué es lo que más me había gustado
de Bolivia.
Los contrastes no se reducen sólo a la gente: los paisajes
cambian radicalmente de un departamento a otro. Bolivia
tiene todo: desiertos, lagos, yungas, ciudades y mucha
historia. Es muy gratificante ver cómo los habitantes mantienen
vivas sus tradiciones, especialmente en los pueblos más
pequeños. Tuvimos la suerte de vivir el carnaval y de ver
bailes típicos, actos políticos, fiestas callejeras. A
pesar de la pobreza que sufre la mayoría de la población,
se nota que son personas con mucha fuerza y buen corazón.
Es muy común recibir un saludo en la calle, así como también
es muy común escuchar “amiga, comprame” mientras ofrecen
todo tipo de productos. El regateo es deporte nacional,
muchos lo practican con ganas y bajan los precios sin que
uno se lo pida, y otros son más reacios a hacer descuentos.
Los puestos callejeros, ya sean de comida o de ropa, son
parte del paisaje y la cumbia y la bocina son los sonidos
más escuchados. Por todos lados hay paredes pintadas con
mensajes políticos, ya sea a favor o en contra del presidente
(en La Paz, por ejemplo, los mensajes van alternándose
según el barrio o la calle).
Me voy con un recuerdo muy lindo de Bolivia, los pocos
contratiempos que sufrí no arruinaron para nada mi estadía.
Este país no dejó de sorprenderme desde que llegué, como
dije en algún otro post, uno no sabe qué se va a encontrar
10 metros más adelante. Podría escribir muchísimo más acerca
de Bolivia, pero en pocos minutos sale nuestro colectivo
a Puno (Perú) y quiero salir a dar una última vuelta por
el Lago Titicaca.
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