[BUENOS AIRES, ARGENTINA] 269 días y miles de kilómetros después

Cuando empecé a planear mi viaje por Latinoamérica no tuve un cuenta un factor fundamental. Mi idea era estar unas dos semanas por país y llegar a México, como mucho, en cinco o seis meses. Visto desde mi rutina en Buenos Aires, medio año me parecía muchísimo; nunca había viajado por tanto tiempo (mucho menos sola) y no sabía hasta dónde iba a aguantar. Además, cada vez que decía que me iba a ir a recorrer América latina me contaban historias de secuestros, muertes, robos, violencia y me advertían acerca de la insalubridad de la comida, de la inseguridad del transporte, de los peligros de las grandes ciudades... Pero mis ganas de irme y de ver la realidad con mis propios ojos fueron más fuertes que cualquier historia con la que intentaran convencerme de que me quedara en la "seguridad" de mi casa. Mi itinerario de viaje nunca existió como tal: salí el 28 de enero con un pasaje de ida a La Quiaca y el objetivo de llegar a México por tierra. Sabía qué países quería visitar en el recorrido y cuáles iba a dejar para futuros viajes, pero si me preguntaban a qué ciudades iba a ir o cuánto tiempo pensaba quedarme en cada lugar, no tenía una respuesta concreta. Lo que sí sé ahora, ocho meses después de haber salido de Buenos Aires, es que si hubiese seguido mi plan de "dos semanas por país" ya hubiese llegado a México hace rato. Pero como dije, antes de salir no tuve en cuenta el factor que más influyó en mi recorrido: la gente.

Este viaje me demostró que un país no es solamente un conjunto de paisajes, no es una página de historia en un libro, no es un pedazo de tierra. Un país es arte, es comida, es tradiciones, es cultura, es creación; un país es su gente. Recorriendo el continente conocí a muchísimas personas de todas las nacionalidades: muchos viajaban como yo, otros estaban cumpliendo su sueño de llegar a México en bicicleta o moto, algunos habían decidido cruzar el Atlántico para trabajar como voluntarios y otros tantos habían decidido quedarse y poner su propio negocio. Me crucé con investigadores, músicos, artesanos, pintores, escritores, ingenieros, profesores, cada uno con sus motivos por haberse ido de su país y dedicarse a viajar. Afortunadamente, gracias al idioma pude charlar con los locales, escuchar sus historias, dejarme guiar para conocer sus ciudades, hablar acerca de mi país y de mi familia, intercambiar relatos sobre nuestros estilos de vida, nuestros objetivos y nuestros sueños. Conocí comunidades que viven en armonía perfecta con la naturaleza, alejados del caos de la ciudad, conocí citadinos que necesitan la velocidad de sus ciudades para sentirse con más energía, conocí gente que tiene amor pero no libertad, conocí gente que perdió a sus seres queridos y gente que tiene todo lo que siempre soñó. Cada uno me contó sus historias y me enseñó algo nuevo, y gracias a ellos mi estadía en cada país fue mucho más especial. Me doy cuenta hoy, recordando a todas estas personas, que yo no fui la única que se acercó con curiosidad: los locales nunca se cansaron de preguntarme de dónde era, por dónde había viajado, qué lugar me había gustado más, qué me traía por su tierra, qué pensaba de su país, si había tenido algún problema, a qué me dedicaba, cómo estaba conformada mi familia, cuáles eran mis objetivos...

A lo largo de ocho meses fui formándome una idea de ciudades y países que solamente existían en mi mente como nombres en un mapa. Descubrí que Bolivia tiene paisajes fascinantes y únicos en el mundo; descubrí que Ecuador, a pesar de poseer uno de los territorios más pequeños, tiene una biodiversidad inimaginable; descubrí que en Perú habitaron muchísimas civilizaciones además de los incas, cada una con su estilo de vida y su propio arte; descubrí que Colombia tiene ciudades cosmopolitas y regiones casi inexploradas. Tras pisar Cartagena de Indias me embarqué hacia Panamá. El archipiélago de San Blas me dio la bienvenida a Centroamérica y allí pude conocer a la comunidad de Kuna Yala y aprender que no hace falta hablar el mismo idioma para poder comunicarse. En Panamá me sorprendí con la diversidad étnica de sus habitantes y en Costa Rica me deslumbré con la frondosidad de sus paisajes. Nicaragua me mostró de frente la historia reciente de su país y Honduras me dejó espiar una pequeña parte del enorme legado de los mayas. Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia me transmitieron la calidez y la alegría sudamericana; Panamá, Costa Rica, Nicaragua y Honduras me sorprendieron con su mezcla étnica, y me enseñaron acerca de su historia y sufrimiento.

Y mi viaje, como me imaginé que pasaría, tuvo algunos cambios repentinos. Estando en Honduras me surgió una invitación a Vancouver por parte de una prima de mi mamá que vive allá. Así que me tomé un avión y me fui más al norte de lo que imaginé que iba a llegar. Al pasar de América latina a Canadá pude realmente ver y comprender los países que había visitado hasta el momento. Dicen que uno tiene que salir de su ambiente y verlo de afuera para conocer el lugar en el que vive. Apenas pisé suelo canadiense sentí silencio: era la falta de ruido, de música, de gritos, del caos y la calidez latina a la que me había acostumbrado demasiado bien y que ahora extrañaba. Después de perseguir al verano durante más de siete meses llegué, por fin, al otoño. Pasé dos lindas semanas en Vancouver y me di cuenta de que una etapa importante se estaba cerrando. Los ocho meses me hicieron sentir nostalgia y cansancio; además de no tener el dinero y el tiempo suficiente, me di cuenta de que tampoco tenía energía para recorrer todo Honduras, El Salvador, Guatemala y México (y tal vez Cuba) y volver por tierra a Buenos Aires antes de las fiestas. Así que decidí dejar esa porción del continente para un futuro viaje y volver nuevamente a Sudamérica para hacer algunas paradas antes de regresar a mi casa.

No llegué a México pero gané mucho más de lo que había salido a buscar. Conocí nueve países, cada uno con su personalidad y sus atractivos; probé todas las comidas, me nutrí del arte y la música de cada país, aprendí mucho más acerca de la historia del continente, caminé por ciudades y mercados, me paré en la calle a hablar con la gente y, sobre todo, aprendí a viajar sin miedo y sin prejuicios. Pude ver la realidad de cada país con mis propios ojos, sin intermediarios, y contar mi experiencia totalmente subjetiva a través de imágenes y palabras. Logré separar el concepto “latinoamericano” de ciertas ideas que parecen estar arraigadas en el inconsciente colectivo y pude desprenderme de las nociones previas que tenía acerca de cada nacionalidad. Absorbí la cultura de cada país y logré formar mi propia idea de lo que significa ser un viajero.

Así como no me gusta etiquetar a las personas por nacionalidad, tampoco estoy de acuerdo con el estereotipo que existe del mochilero. A veces se piensa que alguien que viaja solamente con una mochila debe hacer todo el camino a dedo, tener la billetera vacía (o ni tener billetera), comer solamente en la calle, dormir donde se pueda y bañarse cuando la situación lo amerite. Creo que más que el equipaje (o la falta de) lo que cuenta es la mirada que se tiene sobre los lugares. Sea mochilera, sea viajera, sea turista, lo que me interesa es sumergirme en la cultura de cada país, compartir un modo de vida distinto al mío, escuchar las historias de personas que viven a miles de kilómetros de mi casa y de mi realidad, sentir una gran cercanía hacia seres humanos con otros idiomas o tradiciones. Viajar, para mí, implica comer la misma comida que los locales, utilizar su medio de transporte, compartir su música y sus festejos, intentar sentir de la misma forma que ellos. Viajar es aprender a ver más allá de la escenografía montada para el turista, es vivir como un local pero observar como un extraño, sin perder el asombro hacia las cosas nuevas y distintas. Y en el fondo la mochila es lo de menos: bien podría estar arrastrando una valija, un bolso, un container o solamente una cartera, y mi equipaje jamás me haría cambiar mis vivencias ni mi forma de ver el mundo.

Texto e imágenes: Aniko Villalba © 2008