Cuando empecé a planear mi viaje por Latinoamérica
no tuve un cuenta un factor fundamental. Mi idea era estar
unas dos semanas por país y llegar a México, como mucho,
en cinco o seis meses. Visto desde mi rutina en Buenos
Aires, medio año me parecía muchísimo; nunca había viajado
por tanto tiempo (mucho menos sola) y no sabía hasta dónde
iba a aguantar. Además, cada vez que decía que me iba a
ir a recorrer América latina me contaban historias de secuestros,
muertes, robos, violencia y me advertían acerca de la insalubridad
de la comida, de la inseguridad del transporte, de los
peligros de las grandes ciudades... Pero mis ganas de irme
y de ver la realidad con mis propios ojos fueron más fuertes
que cualquier historia con la que intentaran convencerme
de que me quedara en la "seguridad" de mi casa.
Mi itinerario de viaje nunca existió como tal: salí el
28 de enero con un pasaje de ida a La Quiaca y el objetivo
de llegar a México por tierra. Sabía qué países quería
visitar en el recorrido y cuáles iba a dejar para futuros
viajes, pero si me preguntaban a qué ciudades iba a ir
o cuánto tiempo pensaba quedarme en cada lugar, no tenía
una respuesta concreta. Lo que sí sé ahora, ocho meses
después de haber salido de Buenos Aires, es que si hubiese
seguido mi plan de "dos semanas por país" ya
hubiese llegado a México hace rato. Pero como dije, antes
de salir no tuve en cuenta el factor que más influyó en
mi recorrido: la gente.
Este viaje me demostró que un país no es solamente un
conjunto de paisajes, no es una página de historia en un
libro, no es un pedazo de tierra. Un país es arte, es comida,
es tradiciones, es cultura, es creación; un país es su
gente. Recorriendo el continente conocí a muchísimas personas
de todas las nacionalidades: muchos viajaban como yo, otros
estaban cumpliendo su sueño de llegar a México en bicicleta
o moto, algunos habían decidido cruzar el Atlántico para
trabajar como voluntarios y otros tantos habían decidido
quedarse y poner su propio negocio. Me crucé con investigadores,
músicos, artesanos, pintores, escritores, ingenieros, profesores,
cada uno con sus motivos por haberse ido de su país y dedicarse
a viajar. Afortunadamente, gracias al idioma pude charlar
con los locales, escuchar sus historias, dejarme guiar
para conocer sus ciudades, hablar acerca de mi país y de
mi familia, intercambiar relatos sobre nuestros estilos
de vida, nuestros objetivos y nuestros sueños. Conocí comunidades
que viven en armonía perfecta con la naturaleza, alejados
del caos de la ciudad, conocí citadinos que necesitan la
velocidad de sus ciudades para sentirse con más energía,
conocí gente que tiene amor pero no libertad, conocí gente
que perdió a sus seres queridos y gente que tiene todo
lo que siempre soñó. Cada uno me contó sus historias y
me enseñó algo nuevo, y gracias a ellos mi estadía en cada
país fue mucho más especial. Me doy cuenta hoy, recordando
a todas estas personas, que yo no fui la única que se acercó
con curiosidad: los locales nunca se cansaron de preguntarme
de dónde era, por dónde había viajado, qué lugar me había
gustado más, qué me traía por su tierra, qué pensaba de
su país, si había tenido algún problema, a qué me dedicaba,
cómo estaba conformada mi familia, cuáles eran mis objetivos...
A lo largo de ocho meses fui formándome una idea de ciudades
y países que solamente existían en mi mente como nombres
en un mapa. Descubrí que Bolivia tiene paisajes fascinantes
y únicos en el mundo; descubrí que Ecuador, a pesar de
poseer uno de los territorios más pequeños, tiene una biodiversidad
inimaginable; descubrí que en Perú habitaron muchísimas
civilizaciones además de los incas, cada una con su estilo
de vida y su propio arte; descubrí que Colombia tiene ciudades
cosmopolitas y regiones casi inexploradas. Tras pisar Cartagena
de Indias me embarqué hacia Panamá. El archipiélago de
San Blas me dio la bienvenida a Centroamérica y allí pude
conocer a la comunidad de Kuna Yala y aprender que no hace
falta hablar el mismo idioma para poder comunicarse. En
Panamá me sorprendí con la diversidad étnica de sus habitantes
y en Costa Rica me deslumbré con la frondosidad de sus
paisajes. Nicaragua me mostró de frente la historia reciente
de su país y Honduras me dejó espiar una pequeña parte
del enorme legado de los mayas. Bolivia, Perú, Ecuador
y Colombia me transmitieron la calidez y la alegría sudamericana;
Panamá, Costa Rica, Nicaragua y Honduras me sorprendieron
con su mezcla étnica, y me enseñaron acerca de su historia
y sufrimiento.
Y mi viaje, como me imaginé que pasaría, tuvo algunos
cambios repentinos. Estando en Honduras me surgió una invitación
a Vancouver por parte de una prima de mi mamá que vive
allá. Así que me tomé un avión y me fui más al norte de
lo que imaginé que iba a llegar. Al pasar de América latina
a Canadá pude realmente ver y comprender los países que
había visitado hasta el momento. Dicen que uno tiene que
salir de su ambiente y verlo de afuera para conocer el
lugar en el que vive. Apenas pisé suelo canadiense sentí
silencio: era la falta de ruido, de música, de gritos,
del caos y la calidez latina a la que me había acostumbrado
demasiado bien y que ahora extrañaba. Después de perseguir
al verano durante más de siete meses llegué, por fin, al
otoño. Pasé dos lindas semanas en Vancouver y me di cuenta
de que una etapa importante se estaba cerrando. Los ocho
meses me hicieron sentir nostalgia y cansancio; además
de no tener el dinero y el tiempo suficiente, me di cuenta
de que tampoco tenía energía para recorrer todo Honduras,
El Salvador, Guatemala y México (y tal vez Cuba) y volver
por tierra a Buenos Aires antes de las fiestas. Así que
decidí dejar esa porción del continente para un futuro
viaje y volver nuevamente a Sudamérica para hacer algunas
paradas antes de regresar a mi casa.
No llegué a México pero gané mucho más de lo que había
salido a buscar. Conocí nueve países, cada uno con su personalidad
y sus atractivos; probé todas las comidas, me nutrí del
arte y la música de cada país, aprendí mucho más acerca
de la historia del continente, caminé por ciudades y mercados,
me paré en la calle a hablar con la gente y, sobre todo,
aprendí a viajar sin miedo y sin prejuicios. Pude ver la
realidad de cada país con mis propios ojos, sin intermediarios,
y contar mi experiencia totalmente subjetiva a través de
imágenes y palabras. Logré separar el concepto “latinoamericano”
de ciertas ideas que parecen estar arraigadas en el inconsciente
colectivo y pude desprenderme de las nociones previas que
tenía acerca de cada nacionalidad. Absorbí la cultura de
cada país y logré formar mi propia idea de lo que significa
ser un viajero.
Así como no me gusta etiquetar a las personas por nacionalidad,
tampoco estoy de acuerdo con el estereotipo que existe
del mochilero. A veces se piensa que alguien que viaja
solamente con una mochila debe hacer todo el camino a dedo,
tener la billetera vacía (o ni tener billetera), comer
solamente en la calle, dormir donde se pueda y bañarse
cuando la situación lo amerite. Creo que más que el equipaje
(o la falta de) lo que cuenta es la mirada que se tiene
sobre los lugares. Sea mochilera, sea viajera, sea turista,
lo que me interesa es sumergirme en la cultura de cada
país, compartir un modo de vida distinto al mío, escuchar
las historias de personas que viven a miles de kilómetros
de mi casa y de mi realidad, sentir una gran cercanía hacia
seres humanos con otros idiomas o tradiciones. Viajar,
para mí, implica comer la misma comida que los locales,
utilizar su medio de transporte, compartir su música y
sus festejos, intentar sentir de la misma forma que ellos.
Viajar es aprender a ver más allá de la escenografía montada
para el turista, es vivir como un local pero observar como
un extraño, sin perder el asombro hacia las cosas nuevas
y distintas. Y en el fondo la mochila es lo de menos: bien
podría estar arrastrando una valija, un bolso, un container
o solamente una cartera, y mi equipaje jamás me haría cambiar
mis vivencias ni mi forma de ver el mundo.
|