El viaje por tierra desde La Paz hasta Rurrenabaque (al
sudoeste del departamento de Beni) es uno de los más complicados.
A pesar de que no hay tantos kilómetros de separación entre
un lugar y otro, el trayecto puede llegar a durar unas
22 horas. ¿Por qué? La ruta va rodeando las montañas, haciendo
que el recorrido sea eternamente en círculos. La mitad
del camino es al borde del precipicio, por una ruta en
la que no pasan dos autos juntos; la otra mitad ya es por
la selva, en camino de ripio. Recomendación para quienes
no disfrutan de la aventura: existe un avión que hace el
mismo trayecto en menos de una hora (aunque por unos dólares
más).
En Rurrenabaque el calor se siente más que en Coroico,
allí la altura ya es cosa del pasado. El pueblo es pequeño,
de casas bajas, pero muy dinámico a causa de los mototaxis
que van y vienen constantemente. Las agencias de viaje
se pelean por ofrecer el mejor precio a los grupos de viajeros
que llegan a Rurrenabaque para adentrarse en la selva o
en las pampas. Los tours duran la cantidad de días que
uno quiera, hay visitas “estándar” de tres días, pero muchos
eligen quedarse en la selva por lo menos una semana para
estudiar la flora y la fauna con detenimiento.
Las pampas de Rurrenabaque, en el río Yacuma, es lo más
parecido al Amazonas en Bolivia; esta zona, efectivamente,
se encuentra en la cuenca del Amazonas. Los guías en general
son nativos y conocen el terreno de memoria. Los animales
desfilan frente a los visitantes, algunos con más pudor
que otros: la anaconda puede no aparecer durante días,
pero los monos capuchinos se lanzan encima de cualquiera
que les ofrezca una banana. Hay aligatores de hasta dos
metros de largo viviendo cerca de los refugios, e incluso
muchos guías los tienen casi de mascota. Es posible pescar,
nadar con delfines rosados, hacer excursiones para avistar
pájaros, fabricar artesanías... Lo importante al visitar
Rurrenabaque es tratar el ecosistema con el mayor de los
respetos.
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