[BOLIVIA] La Quiaca y Villazón: el cruce de frontera

Una línea imaginaria divide más que solamente tierra. Con poner un pie en Villazón, ciudad boliviana ubicada al norte de Jujuy, ya se puede sentir el enorme contraste que existe entre estos dos pueblos fronterizos. La Quiaca es marrón, a veces gris, hay casas bajas y poco movimiento; la gente parece estar escondida o adormecida, hay pequeños grupos de personas en la terminal o cerca del cruce, el resto es tierra vacía. Lo único que se puede hacer es comer en alguno de los barcitos y esperar a que salga el próximo transporte.

Villazón es totalmente opuesto: todos los colores que le faltan a La Quiaca están ahí, condensados, uno al lado del otro, explotando frente a los ojos de cualquier visitante. La calle principal se extiende hacia el fondo con puestos y vendedores ambulantes a sus costados: allí se consigue ropa, mochilas, zapatillas, cámaras de fotos, celulares, relojes, mp3 de todo tipo de calidad. La gente va y viene incesantemente, la música de los negocios llena el aire y el olor amargo de las hojas de coca no pasa desapercibido.

La terminal de colectivos de Villazón es caótica: los puestos de venta están pegados casi uno encima del otro, los precios de los viajes los ponen "según la cara" y uno no puede saber en qué tipo de colectivo va a viajar hasta que se sube. La puntualidad y los horarios no existen, aquí el transporte depende de las condiciones meteorológicas. Las lluvias complican el desplazamiento hacia el noroeste del país ya que las rutas son de tierra: un viaje de diez horas puede convertirse en una travesía de un día o más. La mejor opción para hacer el trayecto hasta Uyuni es el tren, aunque conseguir pasajes es otra odisea y muchas veces las partidas se atrasan a causa de los derrumbes. Hay que acostumbrarse: en Bolivia los tiempos son distintos, pero lo que viene después siempre vale la pena.

Texto e imágenes: Aniko Villalba © 2008