Una línea imaginaria divide más que solamente tierra.
Con poner un pie en Villazón, ciudad boliviana ubicada
al norte de Jujuy, ya se puede sentir el enorme contraste
que existe entre estos dos pueblos fronterizos. La Quiaca
es marrón, a veces gris, hay casas bajas y poco movimiento;
la gente parece estar escondida o adormecida, hay pequeños
grupos de personas en la terminal o cerca del cruce, el
resto es tierra vacía. Lo único que se puede hacer es comer
en alguno de los barcitos y esperar a que salga el próximo
transporte.
Villazón es totalmente opuesto: todos los colores que
le faltan a La Quiaca están ahí, condensados, uno al lado
del otro, explotando frente a los ojos de cualquier visitante.
La calle principal se extiende hacia el fondo con puestos
y vendedores ambulantes a sus costados: allí se consigue
ropa, mochilas, zapatillas, cámaras de fotos, celulares,
relojes, mp3 de todo tipo de calidad. La gente va y viene
incesantemente, la música de los negocios llena el aire
y el olor amargo de las hojas de coca no pasa desapercibido.
La terminal de colectivos de Villazón es caótica: los
puestos de venta están pegados casi uno encima del otro,
los precios de los viajes los ponen "según la cara" y
uno no puede saber en qué tipo de colectivo va a viajar
hasta que se sube. La puntualidad y los horarios no existen,
aquí el transporte depende de las condiciones meteorológicas.
Las lluvias complican el desplazamiento hacia el noroeste
del país ya que las rutas son de tierra: un viaje de diez
horas puede convertirse en una travesía de un día o más.
La mejor opción para hacer el trayecto hasta Uyuni es el
tren, aunque conseguir pasajes es otra odisea y muchas
veces las partidas se atrasan a causa de los derrumbes.
Hay que acostumbrarse: en Bolivia los tiempos son distintos,
pero lo que viene después siempre vale la pena.
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