[BOLIVIA] Coroico, paisaje zen


El viaje entre La Paz y Coroico dura entre tres y cuatro horas: la antigua “Ruta de la Muerte” quedó en desuso y la nueva carretera asfaltada anticipa lo que será el paisaje y el clima en las yungas. El descenso hacia la selva es verde: la aridez de los caminos del Altiplano se convierte en vegetación espesa, la temperatura deja de ser seca y la humedad agobiante invade todo.

Coroico es un pueblo ubicado en medio de las montañas, con una vista tan impresionante que parece irreal. A poco más de mil metros de altura sobre el nivel del mar, este asentamiento está ubicado en una ladera y es mínimo comparado con el tamaño de las montañas y arroyos que lo rodean. En el centro hay una plaza principal, como en la mayoría de los pueblitos de Bolivia, y una amplia oferta de alojamiento. Cada cual puede elegir cómo vivir su estadía en Coroico, pero lo cierto es que se respira un ambiente de muchísima relajación. Estar en una montaña en medio de la selva transmite muchísima paz.

Nuestra estadía en Coroico fue muy “zen”. Como no teníamos hotel, nos pusimos a caminar por la plaza principal para averiguar qué opciones había. Se nos acercó una mujer joven con su hija y nos mostró fotos de su hostel: una casa a 10 minutos del centro, en medio de la vegetación. Llegamos y nos encantó: era una casita de madera ambientada con un estilo hindú, con hamacas paraguayas y puro verde alrededor. Tenía una biblioteca con libros de religión y música instrumental, muy new age. Imposible no relajarse.

A 16 km de Coroico se asienta Tocaña, una pequeña comunidad afroboliviana ubicada también en la ladera de una montaña. Tuvimos la oportunidad de hablar con algunos músicos de Tocaña en la terminal de Coroico, ya que habían venido al pueblo para tocar en un acto. La diferencia entre la gente de Coroico y la de Tocaña es muy marcada: en primer lugar, el color de la piel es distinto y los rasgos de los habitantes de Tocaña son totalmente africanos. Los de Coroico se refieren a los de Tocaña como “los negritos”, aunque no de forma despectiva sino más bien simpática. Los habitantes de Tocaña son mucho más dados con la gente: hablan fuerte, se ríen mucho, hacen chistes constantemente; en cambio la gente de Coroico (y de Bolivia en general) es más tímida, más callada, intenta pasar más desapercibida.

Según nos contó un chofer de Tocaña, la comunidad tiene unos 200 habitantes, todos descendientes de los antiguos esclavos traídos de África para trabajar en las minas de Potosí. Los esclavos habían logrado escapar y se asentaron en ese sector del país, bien escondido, y mantuvieron durante siglos las costumbres y tradiciones importadas de su gran continente. Hoy en día siguen celebrando sus fiestas típicas y mantienen viva su cultura a través de los bailes y de la música. Vale la pena ir a conocerlos durante el fin de semana, cuando no están trabajando, y presenciar alguno de sus festejos. Durante los días de semana el pueblo está casi vacío, recién a las 6 de la tarde empiezan a llegar todos de las plantaciones de coca y cacao.

Texto e imágenes: Aniko Villalba © 2008